Alguna vez se le preguntó al británico, mercader, escritor, conocedor y leyenda del vino, Harry Waugh (1904-2001), si alguna vez llegó a confundir un Burdeos con un Borgoña en una cata a ciegas. Él respondería: "No desde el almuerzo".
Nunca he pretendido ser un conocedor de vinos. No lo soy. Sin embargo, aunque no soy tomador empedernido, me encanta disfrutar de algún que otro vino. La primera vez que probé uno era yo muy joven. Vivíamos en Week End, comunidad de Catia La Mar. Un vecino de origen italiano había sembrado varias vides en su patio y, desde la primera vez que fructificaron, fermentaba sus uvas para producir algunas botellas de vino, que el amable italiano regaló alguna vez a sus vecinos.
Un fin de semana cualquiera, no recuerdo la ocasión, se presentó nuestro padre, el viejo Alejandro, con una paella. Abrió la botella y él, mi madre y yo degustamos tan exquisito brebaje. Mis hermanos menores, Mary y Alejandrito, no tuvieron tal fortuna.
Con el tiempo, alguna que otra vez tomaba vinos aquí y allá. Para mí eran solo blancos, rosados y tintos. Comencé a entender que los vinos iban más allá de los colores al ser contratado por la Universidad del Estado de California, Fresno (Fresno State). Los estudiantes de viticultura debían tomar mi clase de Entomología y varios de ellos, en los seis años que estuve por allá, tuvieron la amabilidad y paciencia de enseñarme algo sobre vinos.
Terminamos este terrible año, política y económicamente, rodeados de maldad e ignorancia. No nos queda más que sentarnos y tratar de disfrutar un vino en el patio de nuestra casa conversando sobre el futuro, recordando algo del pasado. Huelo las notas de un Cabernet Sauvignon y viene a mi memoria aquel juicio de París.
El Juicio de París es una historia mitológica griega, sobre la cual leí por vez primera en La Ilíada: tal evento es mencionado brevemente. Según la leyenda, Zeus, dios del cielo y el trueno, ordenó un banquete para celebrar la boda de Peleo, Rey de Ftía, y Tetis, diosa marina, una de las Nereidas, ambos padres de Aquiles, héroe de la guerra de Troya. Desafortunadamente, Eris, diosa de la discordia, no fue invitada al festín para evitar los problemas que pudiera causar entre los invitados. Enfadada por tal desaire, Eris llegó a la celebración con una manzana de oro que había tomado del Jardín de las Hespérides. Arrojada en un lugar visible, sobre la misma había una inscripción: τῇ καλλίστῃ (“Para la más hermosa”).
Hera, Atenea y Afrodita, al ver el dorado fruto, lo reclamaron para sí. Ante tal disyuntiva, le pidieron a Zeus decidir quién era la más bella. Sagaz, el rey de los dioses del Olimpo, rehusaba favorecer a alguna de las tres. Zeus había notado que París, príncipe troyano, era un hombre justo. Recientemente había demostrado tal cualidad en un concurso en el que Ares, dios de la guerra y el coraje, transformado en toro, había superado al toro del propio París. El príncipe, sin vacilar, le otorgaría el premio al dios. Zeus decidió que fuera París quien juzgara las razones de las tres deidades.
Teniendo como guía a Hérmes, mensajero de los dioses, protector de viajeros, ladrones, comerciantes y conductor de los muertos en el inframundo, las tres divinidades fueron hasta la montaña Ida para bañarse en su manantial y encontrarse con París. Este las interrogaba e inspeccionaba, y ellas intentaban sobornarlo.
Hera le ofreció tierras, riquezas y poder político; Atenea le ofreció sabiduría y habilidad en la guerra. Afrodita, acompañada de las Cárites (las tres gracias, diosas de la belleza, el encanto, la naturaleza, la buena voluntad y la creatividad) y las Horae (diosas de las estaciones, el orden natural, el paso del tiempo y la justicia) para realzar sus encantos con flores, le ofreció a la mortal más bella del mundo, Helena de Esparta. París aceptó la ofrenda de Afrodita otorgándole la manzana de oro y recibiendo a Helena. Inmediatamente, también obtendría la enemistad de los griegos y el odio de Hera. El intento de los griegos para recuperar a Helena de las manos de París es la base mitológica de la Guerra de Troya.
Heródoto de Halicarnaso (484 a. C.-425 a. C.), geógrafo griego, padre de la historia, opinaba que esta guerra ficticia (muchos antiguos griegos pensaban que en realidad había sucedido) fue el origen de la enemistad que existía entre persas y griegos.
Pero no es de ese juicio del cual quería hablarles, sino de otro, muy real, sucedido en París, Francia, en tiempos relativamente recientes. Corría el año 1976, bisiesto y muy acontecido, marcaba el bicentenario de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de América. Tal celebración había comenzado el primero de abril de 1975 y culminaría el 4 de julio de 1976.
El séptimo día de aquel junio, una noticia corta, pero perturbadora para el ego enológico francés, aparecía en la revista Time.
estadounidenses en el extranjero llevan años presumiendo de los vinos de California, solo para ser recibidos en la mayoría de los casos con una educada incredulidad, o algo peor.
La semana pasada en París, en una cata formal de vinos (...) un concurso estrictamente controlado ... con nueve jueces franceses (...) elegidos entre los más reconocidos enófilos (...) ocurrió lo impensable: California derrotó a toda la Galia.
La nota del periodista estadounidense George M. Taber, de apenas cuatro párrafos, apareció en la página 58, en la sección Modern Living. Pasaría desapercibida para la mayoría del público lector, excepto aficionados y conocedores de vinos.
Taber era corresponsal de Time en París a mediados de los 70. Escribía sobre cualquier suceso francés, desde política hasta modas, y cuando algo interesante ocurría en cualquier lugar de Europa, hasta allá se dirigía para reportarlo en la revista. Un día de mayo, le sugirió a la revista una historia por suceder de la cual se enteró por casualidad: estaba a punto de realizarse una competencia para comparar vinos californianos contra vinos franceses. Dicho evento, lucía esencialmente irrelevante; con absoluta seguridad los franceses serían superiores. La revista, sin embargo, aprobó que reportara al respecto.
El comerciante británico, experto en vinos, eventualmente reconocido como defensor de los vinos franceses, Steven Spurrier (1941-2021), decidió mudarse a París, tras varios meses en Provence, al sur de Francia. Ya en la capital del país, compraría una pequeña tienda de vinos, Les Caves de la Madeleine, en Cité Berrières, en la Rue Royale, calle que se extiende desde la Place de la Concorde hasta la Place de la Madeleine. Su dueña original, Madame Fougères, había enviudado y, aunque el trabajo en la tienda era demasiado para la dama, rehusaba venderla, especialmente a un inglés. Pensaba en la improbabilidad de que el nuevo comprador continuara el legado de su difunto esposo, para quien la tienda había sido pasión y legado.
Spurrier, para demostrar la seriedad de su propuesta y su interés en los vinos, le propuso a Fougères trabajar para ella, sin paga, por seis meses. Al final del período, la dama no solo le vendería la tienda, sino que le permitiría llamarla por su sobrenombre: Timoune.
Un par de años después, en 1973, Spurrier fundaría L’Académie du Vin en 1973, junto al crítico de vinos estadounidense Jon Winroth Broneer (1935-2006) y la escritora y hoy una de las pocas no nativas francesas distinguida con el Chevalier du Mérite Agricole, por su apoyo a la industria del vino francés, Patricia Gastaud-Gallagher. La Academie funcionaría en la trastienda (espacio comprado a un cerrajero caído en bancarrota) de Les Caves de la Madeleine, convirtiéndose en la primera escuela privada fundada en Francia, para que principalmente expatriados ingleses y estadounidenses aprendieran sobre vinos.
Habiéndole comentado Spurrier a Gastaud-Gallagher sobre la creciente calidad de los vinos californianos, Patricia aprovecharía un viaje personal a California el verano de 1975 para visitar varios viñedos en algunas regiones productoras del estado. Entusiasmada, a su regreso a París, le comentó a Spurrier su experiencia y la idea de realizar una cata para dar a conocer en Francia algunos vinos de California y compararlos con algunos franceses. A Spurrier le encantó la idea y con lista en mano elaborada por Patricia, ideóloga del evento para comparar vinos, se fue a California.
Una vez en “el estado dorado” y habiendo visitado varios viñedos, Spurrier se decidió por seis Chardonnay y seis Cabernet Sauvignon provenientes de bodegas del Valle de Napa entre Napa y Calistoga, con una casi en Sonoma, dos de las montañas de Santa Cruz, entre San José y Santa Cruz, y una de las inmediaciones de Soledad. Todos representativos de la Nueva Era del vino californiano.
Escogidos los vinos, se presentaba el problema de transportar 24 botellas hasta Francia. Habiendo conocido a Joanne Dickenson DePuy, propietaria de Wine Tours International, quien llevaba grupos a regiones productoras de vino, le pidió ayuda para que en algún viaje a París con uno de sus grupos, transportara los vinos escogidos.
Ya en Francia, Spurrier escogería vinos franceses provenientes de las regiones de Burdeos (los Cabernet Sauvignon) y Borgoña (los Chardonnay), comparables a los californianos. Pensando que los franceses fácilmente eclipsarían a los californianos, pero interesado en la publicidad que el evento le traería a Les Caves y la Academie, además de celebrar el bicentenario estadounidense y dar a conocer algunas bodegas de California al público francés, apenas escogió cuatro blancos y cuatro tintos franceses para contrastar con los 12 californianos.
Los vinos franceses procedían de las reconocidas bodegas Batard-Montrachet, Château Mouton-Rothschild y Château Haut-Brion, entre otras. Los californianos fueron seleccionados de las casi desconocidas Ridge, Freemark Abbey, Spring Mountain, Stag's Leap Wine Cellars y Chateau Montelena.
Luego de meses de preparación, la cata, totalmente a ciegas (poco común para la época y decidida al último minuto), para hacerla lo más objetiva posible, se realizó el 24 de mayo (¡Día de María Auxiliadora, nombre y cumpleaños de la menor de mis hermanas!) de 1976, en el Hotel Internacional de París.
Los miembros del jurado eran reconocidos conocedores franceses, Pierre Brejoux (Consejo de Denominación de Origen Controlada), Claude Dubois-Millot (crítico gastronómico), Michel Dovaz (1928-2023; Instituto del Vino de Francia), Odette Kahn (1923-1982; Editora de La Revue du vin de France), Raymond Oliver (1909-1990; Restaurante Le Grand Véfour), Pierre Tari (Château Giscours), Christian Vannequé (Sumiller del Tour D'Argent), Aubert de Villaine (Domaine de la Romanée-Conti), Jean-Claude Vrinat (1936-2008; Restaurante Taillevent), y por L’Academie, Steven Spurrier y Patricia Gallagher. Ambos decidieron previamente que sus escogencias, aun catando ciegamente como los jueces franceses, no serían tomadas en cuenta.
Los jueces no parecen haber hablado mucho entre ellos (algunos comentarios, aparentemente infundados, afirman lo contrario) entre vino y vino, y George Taber, al haber recibido una tarjeta con los nombres de los vinos y el orden en que serían servidos, era el único que sabía lo que los jueces degustaban.
Al finalizar con los vinos blancos, Spurrier recogió las tarjetas de evaluación. Los jueces murmuraban entre ellos. En vista de la tardanza de los meseros en recoger las copas, servir agua mineral a los jueces y preparar los tintos, el anfitrión decidió anunciar los primeros resultados. El Chardonnay mejor evaluado provenía del Château Montelena, en California. Tres de los cuatro siguientes eran también de California, excepto el número dos, de Meursault Charnes. Las caras de asombro y horror de los jueces lo decían todo: ¡Abrumadoramente, los Chardonnay californianos habían superado a los franceses!
Listos para los tintos, Spurrier pensó que los jueces serían mucho más cuidadosos en su evaluación. Un vino californiano superior a uno francés ya era una afrenta, dos sería “traición a la patria”.” Esta vez, los jueces se enfocaron en reconocer a los franceses, dándoles mayor puntuación, tal y como sospechaba Spurrier. Sin embargo, a pesar de las puntuaciones muy cercanas entre los vinos, y de que tres de los cinco con mayor puntaje fueron franceses, el número uno provenía de las bodegas Stag’s Leap y el quinto, de Ridge Monte Bello, ambos californianos. ¡Entre los Cabernet Sauvignon, otro vino de California “abatía” a los franceses!
El resultado de esta cata demostró que era posible producir vinos de alta calidad en cualquier lugar del mundo. Se rompió la creencia de que solo los vinos franceses podían alcanzar un estatus de primer nivel. Aunque los vinos franceses continúan entre los más prestigiosos, hoy encontramos vinos de calidad provenientes de cualquier lugar del mundo.
Curiosamente, en 2008, se presentaría al mundo una película supuestamente basada en aquel evento de 1976, Bottle Shock. Tal película no es más que un “divertimento,” poco parecida a la realidad. Spurrier, aunque agradecido por la simpática representación que de él hizo el reconocido actor y director inglés Alan Rickman (1946-2016), llegó a decir que
solo hay cinco verdades en la película: mi nombre, los nombres de mis empresas, la fecha de la cata y el nombre de Chateau Montelena. El resto es una tontería.
Notas
Cirujeda, J. (2022) El juicio de París: la cata a ciegas que cambió el mundo del vino. Hule & Mantel.
Mercer, C. (2013, noviembre 21) 1976 Judgement of Paris wines enter US hall of fame. Decanter.
Prisco, J. (2021) Judgment of Paris: The tasting that changed wine forever. CNN Travel.
Taber, G.M. (1976, junio 7) "Judgment of Paris". TIME, Modern Living. Pp. 58.
Taber, G.M. (2005) Judgment of Paris. New York: Scribner. 326 pp.















