La sin-razón del delirio totalizante, emergido de los modelos autoritarios del siglo XX, en sus presupuestos y en sus constructos teóricos, se impuso como verdad proveniente de simplificaciones del pasado –argumentum ad antiquitatem– proyectadas al presente. No existiendo así explicaciones racionalizadas, solo afirmaciones simplificadas y, a su vez, absurdas. Afirmaciones tan débiles que en Occidente derivaron en la caída al pesimismo, la radicalización ad absurdum y al vacío nihilista desde los años 60 en adelante.

De aquella caída al pesimismo, encontrar brechas de libertad permitió apreciar el valor de la diferencia, del no amoldamiento, del distinto, y del poder limitado que ejercemos en las relaciones colectivas. A pesar de todos los condicionamientos sociales, de los sesgos mentales y de las fuerzas globales que actúan sobre los enormes colectivos sociales, la búsqueda de la libertad siguió siendo un eje definitivo para la existencia de los humanos que aún sueñan y crean de la misma manera que lo hicieron sus antepasados hace 100.000 años atrás. Esta búsqueda de libertad desde la imaginación y la creación es la pulsión anarquista, la que se contrapone al bellum ómnium contra omnes y a la deconstrucción infinita del hombre.

Sin embargo, estos son tiempos hostiles para la libertad de los individuos, en los que la venganza y el egoísmo pesan más que la creación, la imaginación, la empatía y la compasión. Sobre nuestra naturaleza humana, nuestros sesgos cognitivos son profundizados bajo un escenario de amenaza existencial. Por ello, es desde aquel egoísmo a ultranza que la voluntad de dominio y su manifestación en el cupiditas dominatio1 deriva en el ethos hedonista que impera en la cultura fragmentada y líquida de Occidente. En este, sus estados y naciones de ayer, son hoy patiens, e identidades fragmentadas; la hibris o desmesura es la que prevalece en su intención de aplicar ideas y deconstrucciones arrogantes de sí mismos frente a un entorno global periférico y autoritario que se enlaza, concatenando esfuerzos solidos contra todas las sociedades abiertas.

Sin una sociedad que prevalezca como catalizadora de lazos comunes fuertes, todo se convierte en un discurso relativo, donde el individuo no está conectado a nada realmente, porque su vida es una virtualización acelerada, que termina anulando su preocupación sobre todos los asuntos públicos y políticos. Así, el individuo acaba por convertirse en un sujeto apolítico.

Y es, en ese apoliticismo, que reside toda la aquiescencia suficiente para que se consolide un entorno hostil a la libertad, prevaleciendo la regresión de las democracias que no son mínimas ya, sino inexistentes; eliminando las pequeñas brechas de libertad que los antiautoritarios buscaban potenciar en defensa de los valores de una sociedad abierta y libre.

Al respecto, las sociedades liberales contemporáneas, cada vez más fragmentadas y más frágiles, pueden reivindicar las libertades y los derechos civiles, pero no compensan con ello, el vacío de razones existenciales; en estas sociedades no existe un sentido del ser, sino una inclinación hacia el nihilismo. Donde, el cupiditas dominatio, y el nihilismo, coexisten en los egos individuales. Así, para los nuevos nihilistas postmodernos de Occidente, si no les complacen los conceptos de la modernidad, entonces el entorno social debe des-estructurarse y de-construirse; tanto la identidad, la nación, el género, el amor, el conocimiento, la verdad, la ética, la historia, la ciencia, el orden y la realidad, entre otros, se relativizan en la incertidumbre y la no-afirmación. Sometiendo a las mentes, a través de la degradación y confusión continua de los ideales ilustrados desde una inmediatez espectacularizada.

De esta manera, de la incertidumbre producida por la apertura creciente a lo infinito, a la experimentación y al desarraigo de todos los valores occidentales, retornamos a la certidumbre pretendida por los proyectos iliberales, en los que las verdades duras del hard power en la guerra, el fundamentalismo y la violencia irracional se aplican contra las blandas idealizaciones de Occidente. Estados Unidos es un ejemplo importante que demuestra el alcance de la incertidumbre postmoderna, la fragmentación, la polarización, la autoreferenciación y la disolución del discurso colectivo. De hecho, fueron las microcausas de las minorías rescatadas por el discurso de los modernos, las que fueron radicalizadas por los postmodernos, deshaciendo el tejido social, anulando las identidades colectivas, y eliminando la idea del autosacrificio que las Generaciones de la Posguerra tuvieron en la década de 1950 para reconstruir sus naciones y defender sus libertades.

Hoy, las nuevas generaciones no recuerdan la importancia de la identidad y el autosacrificio por el colectivo; los nuevos metarrelatos, las identidades evanescentes –fluido, híbrido, interseccional, transgresor– y las ideas contrailustradas han permeado a las élites que defienden una antipolítica de la simplificación, con consecuencias devastadoras por su intento de aplicar teoría de la micropolítica a las relaciones macroestructurales que son dominadas por potencias de identidades fuertes y completamente adversas a todo orden liberal.

De esta manera hay que afirmar que el ataque a la estabilidad, la identidad y al colectivo no es compatible con el discurso libertario, el cual nunca buscó la disolución identitaria del hombre a través del ultraindividualismo basado en la sin-razón nihilista. Al contrario, los anarquistas provenientes de las ideas de la ilustración –e.g., William Goodwin, Piotr Kropotkin, Rudolf Rocker, Murray Bookchin– tenían un ethos, la búsqueda de una amalgama entre la libertad colectiva e individual. Existió para ellos una obligación con la sociedad, ellos con el mundo, no en fragmentación, sino en reconocimiento de una diferenciación inmanente, de una naturaleza humana con una pulsión a la vida y la libertad.

El anarquismo, más que un corpus teórico fijo y estático, fue un principio para la vida y la conducta. Su principio, su ethos axiológico fue y es la libertad. La libertad como posibilidad del individuo para desarrollar en su vida las facultades, capacidades y talentos innatos, siendo en y con la sociedad, con su sociedad, no con un Estado.

Por ello, ayer los ácratas fomentaban el apoyo mutuo como una ratio contraria a la guerra, sin embargo, hoy el relativismo de los postmodernos no afirma, solo duda; no construye, sino de-construye. En esta incapacidad para ser una alternativa a la ficticia validez del discurso autoritario iliberal, es que radica el fracaso no solo de los postmodernos, sino de los ilustrados occidentales, quienes no evitaron los desbordes de la duda sobre los fundamentos mismos de una sociedad libre.

Así, para afirmar una ratio contraria a los mecanismos autoritarios, se requiere un compromiso a una causa, a un sentido identitario que a su vez requiere tiempo y dedicación. Por lo que, la causa de la libertad humana en un entorno hostil requiere reconocer los fundamentos éticos de su sociedad y las características de la naturaleza humana, las cuales no pueden ser relativizadas bajo ningún argumento. Esto es, un retorno del anarquismo a Occidente, a las certezas, a las grandes ideas y a la verdad; oponiéndose una alternativa libertaria y realista a los desafíos totalitarios que buscan remodelar la historia, la geopolítica y el orden global, en un intento de retornarnos al siglo XV de los zares y emperadores.

Volviendo atrás en la antropología anarquista, la existencia de sociedades sin dominación, es un antecedente de una minoría histórica, no implicando así, la idealización de una sociedad sin coerción o la relativización del dominio predominante en la mayoría de las sociedades actuales, porque son episodios humanos, no generalizables para todos. Y es que solo en Occidente se pudo rescatar estos episodios de la historia y apreciar el valor del sin-dominio2. Esto no sucede en las fronteras fundamentalistas y periferias iliberales, donde la destrucción de toda brecha de libertad es permanente.

Así, es en Occidente donde uno puede ser plenamente libertario y crítico de sus condicionamientos. Por ello, se debe ejercer una praxis realista de la ética libertaria3 que no deba concesiones a ninguna ideología del Estado, siendo descreída de cualquier metafísica, contraria a las ortodoxias teóricas y adversa a la corrección política.

Es claro que al día presente el desarrollo de la inteligencia artificial para la guerra, el proceso disolutorio de Occidente y el aceleramiento de la carrera armamentística y nuclear nos plantean problemas irresolubles a través de la idealización; siendo solo comprensibles desde un enfoque micro y macro estructural de las redes del poder. Esto es, establecer que la lectura teórica del poder global excluye todo relativismo y vaciamiento de los principios humanos. Y si antes se ha pensado el Poder y el Estado desde la micropolítica, hoy, pensar el poder en relación con las redes internacionales de los hegemones requiere una lectura realista y pragmática de la constitución de los campos de influencia que se ejercen a través de los aparatos de inteligencia, propaganda y fuerza militar disuasoria.

En este punto, es imperante defender un carácter centrípeto en las sociedades abiertas, porque un carácter centrífugo es precisamente la ratio fomentada por los poderes antioccidentales que buscan la descomposición en detritus del organismo social. Más aún, cuando estos son los tiempos de la incertidumbre occidental, tiempos en que el hombre es deconstruido, en el que el francés y el norteamericano no saben qué sentido identitario como naciones tienen Francia y Estados Unidos, y en los que la modernidad relega su rol histórico a los premodernos.

Y, si los modernos hemos perdido nuestra libertad y, además, hemos adoptado un deseo de sumisión4sea por imposición o engaño–, no nos debería extrañar que las ideas ilustradas de la libertad se vayan corrompiendo, primero creando polarizaciones teóricamente antitéticas y luego convirtiendo ambas posiciones en versiones similarmente totalitarias de sí mismas.

Esto significa que, en aquellos espacios donde el radicalismo logró constituir gobiernos, el poder totalizador y legitimado por las masas se vuelve contra ellas al eliminar toda organización descentralizada a través de un poder racionalizado de una razón instrumentalizada, que perfecciona la maquinaria burocrática en beneficio del poder central, uniformizando, educando, estructurando, documentando, registrando y formulando los patrones guía de su funcionamiento hacia adelante, nunca con una perspectiva de traspaso de poder, sino con una indefinida continuidad de control orwelliano, ejerciéndose dominio total sobre el resto.

Aunque el anarquismo de los antiautoritarios es una pulsión y un realismo descreído de las ideologías puramente buenas, es un realismo abatido por el pesimismo de una sociedad global que mira en dirección al dominio autoritario basado en las tecnologías de gobernabilidad o la catástrofe nuclear, no así a la libertad. Aquella pulsión anarquista de búsqueda de la libertad es también una idealización, que requiere cambios y transformaciones de las subjetividades, desde la subjetivación autoritaria hacia una estabilidad identitaria y libertaria, que defienda las ultimas brechas de libertad de Occidente.

Finalmente, la libertad de los modernos herederos de la ilustración deberá ser defendida retornando a sus valores, principios e identidades que ofrecían estabilidad y a partir de ahí, encausar el proyecto libertario desde la construcción de alternativas realistas antes que la demolición de las verdades. Los anarquistas deberán volver a Occidente y a sus valores ilustrados para continuar los pasos en la progresión del devenir humano, continuando el proyecto del siglo XVIII en defensa de la libertad y el respeto por la diferenciación inmanente de la naturaleza humana. Solo entonces, el autoritarismo no significará una opción, solo una mera ficción, una imposibilidad, el Uno volverá a ser el mal.

Notas

1 Del latín, Cupiditas: Deseo y pasión; Dominatio: Dominio. Pierre Clastres (1981), siguiendo en el razonamiento a Etienne de La Boétie nos dice sobre le poder: “(…) en primer lugar, que el poder existe solamente en su ejercicio efectivo; en segundo lugar, que el deseo de poder no puede realizarse si no logra suscitar un eco favorable de su necesario complemento, el deseo de sumisión”.
2 El Poder no es únicamente la relación, dominado/dominante, su complejidad es mayor si consideramos la existencia de entornos humanos que no erigieron la dominación del Uno. En esas sociedades si existió el poder, pero no en una forma de dominio; por ello, la libertad humana siempre fue aberración de todo orden absolutista.
3 “(…) el anarquismo es ante todo un proyecto ético que compromete directamente, hasta en su menor práctica, un juicio sobre el valor de las relaciones y de las situaciones. (…) La ética libertaria se constituye al interior mismo de las cosas, de las situaciones y de las relaciones vividas por los diferentes seres colectivos. Depende enteramente de la calidad de esas situaciones y de esas relaciones, de su capacidad para aumentar o no la fuerza y la autonomía de los seres de los que es causa o efecto” (Colson, 2003).
4 “Es cierto que, al principio, se sirve porque se está obligado por la fuerza. Pero los que vienen después se acostumbran y hacen gustosamente lo que sus antecesores habían hecho por obligación. Así, los hombres que nacen bajo el yugo, educados y criados en la servidumbre, sin mirar más allá, se contentan con vivir como nacieron y, sin pensar en tener otro bien ni otro derecho que el que encontraron, aceptan como algo natural el estado en que nacieron” (de la Boétie, 2008).

Bibliografía

Barclay, H. (2009). People without government: an anthropology of anarchy. Kahn & Averill.
Clastres, P. (1981). Investigaciones en antropología política. Gedisa.
Colson, D. (2003). Léxico filosófico del anarquismo. De Proudhon a Deleuze. Nueva Visión.
Graeber, D. (2011). Fragmentos de antropología anarquista. Virus editorial.
La Boétie, E. (2008). El discurso de la servidumbre voluntaria. Utopía Libertaria.
Rocker, R. (1944). Las corrientes liberales en los Estados Unidos. Editorial Americalee.
Scott, J. (2013). Elogio del anarquismo. Crítica.