Cuando la tierra tiembla, todo se nos mueve, no solo lo físico, como el cuerpo, los edificios y las viviendas con sus paredes, techos y cimientos, los puentes y las construcciones que se agrietan o caen; lo débil se rompe y lo flexible pero fuerte se mantiene. También se caen árboles, se abre la tierra, se separan los terrenos, las aves salen volando, los animales corren o se esconden para protegerse, y los humanos buscan refugio apelando al instinto y a sus creencias.
Literalmente, se mueve todo, hasta el alma que casi se sale por aquello que llaman susto o espanto, ese que hace que nuestro campo energético se desestabilice o se desvíe de su eje por efecto del miedo. Gritos, rezos y llantos resuenan en súplicas para que vuelva la calma y la quietud. Esa quietud de la que disfrutamos, inconscientemente, como la normalidad que conocemos y creemos permanente, aunque sin darnos cuenta de que la existencia es efímera y de que vivimos desconectados de la esencia de la vida, de la presencia y la conexión con la naturaleza que también somos.
Cuando la tierra tiembla, se escucha el rugido de la naturaleza con su inconmensurable fuerza; se produce un estruendo que nos deja claro que somos efímeros, frágiles y muy humanos. Es increíble decir esto, pero es que parece que hemos perdido la conexión con la naturaleza a tal punto que nos hemos creído invencibles y tan supuestamente inteligentes que podemos cambiar y transformar el entorno natural sin consecuencias.
Hemos cambiado el curso de los ríos, cubierto los flujos de agua para construir sobre ellos, dinamitado montañas, perforado la tierra casi ilimitadamente y realizado obras muchas veces sin las debidas licencias ni el cumplimiento de las normativas institucionales, y mucho menos hemos pedido permiso a la naturaleza, esa que los originarios llaman madre tierra.
Los terremotos son expresiones contundentes del poder de la naturaleza, un poder cuyas consecuencias dejan de manifiesto todo lo que somos como humanos. Sale lo bueno que tenemos, como la solidaridad, el apoyo mutuo, la ayuda que trasciende las diferencias y nos une en la necesidad común de mantener la vida. Pero también se evidencia lo malo, esa parte oscura que esconde las trampas en las construcciones con el uso de materiales inadecuados y de bajo coste para ganar un poco más, sin pensar que algún día esas ganancias pueden costar vidas, sueños, dramas y traumas que dejan huellas que van mucho más allá del momento de la tragedia.
Así como se unen las manos para escarbar en los escombros y los corazones se enlazan para animar a los heridos o acompañar los duelos y aliviar a los asustados, salen también los desalmados que hurgan en medio del desastre para aprovecharse de lo que encuentran. Si supieran las huellas que se dejan en la historia de sus vidas y la deshonra que significa tomar lo ajeno en tales terribles circunstancias, probablemente no lo harían.
Porque toda acción tiene una reacción, trae consecuencias y queda grabada en el registro invisible de la vida, dejando huellas que algún día serán visibles para cada ser e incluso para su descendencia.
Pero somos humanos y seguimos cometiendo errores, olvidando el pasado y actuando con inconsciencia en el presente. Seguimos caminando desconectados del ser, dejando de ser hijos dormidos de la madre tierra, aunque ella late y sus movimientos nos llaman para que despertemos. Ha llegado el momento de aprender de nuestra naturaleza humana.
Dicen las profecías, los códices y la sabiduría ancestral de incas, mayas y hopis que este año es el de un gran despertar, cuando los caminos se bifurcan para crear una nueva realidad. También lo afirman los astrólogos que observan los movimientos cósmicos, que marcan un momento para discernir la vida que queremos y debemos vivir. Temblores, terremotos, maremotos, incendios e inundaciones son algunas de las señales de la acción natural y humana que nos llamarán la atención para revisar el camino que vamos a tomar.
Los hechos narran una dolorosa realidad y reflejan los vacíos que tenemos como sociedades que habitan la Tierra. En Venezuela, el terremoto gemelo de junio de 2026, con dos sismos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5, dejó cifras trágicas: más de 6.500 fallecidos y miles de personas desaparecidas.
Infraestructuras como hospitales, escuelas, electricidad, agua y vías quedaron gravemente comprometidas.
En Colombia, el 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7.4 sacudió el centro y el suroeste del país, con efectos devastadores en grandes ciudades como Cali, Pereira, Manizales, Armenia y Quibdó, además, en 497 municipios de 16 departamentos. Según la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), el terremoto dejó 331 personas fallecidas, 4.505 heridas y una cifra que oscila entre los 111 y 136 desaparecidos, con daños en infraestructura hospitalaria, educativa, cinco aeropuertos, además de 36.327 viviendas destruidas y más de 200 mil averiadas.
En solo 90 segundos la vida cambió para miles de personas que perdieron familiares, amigos, viviendas y lugares de trabajo. Su mundo se derrumbó, mientras prácticamente en todo el país el movimiento se sintió, bien en la propia tierra, bien en los corazones adoloridos por las imágenes de la tragedia.
No solo la tierra se mueve, sino también el agua. En Nepal, el colapso de un glaciar ocurrido el 26 de agosto desencadenó una enorme inundación y un flujo de lodo, agua, hielo y sedimentos que arrasó comunidades enteras en los distritos de Chitwan, Nawalparasi, Gorkha, Dhading y Tanahun. El desastre dejó 1.367 fallecidos y más de 5.132 desaparecidos en Nepal, además de las víctimas en el Tíbet, según los balances más recientes, todavía sujetos a actualización.
Los números son escalofriantes y, aun así, apenas alcanzan a registrar el drama de lo acontecido. Detrás de cada cifra, de cada número, hay un suceso que cambió la vida de miles de personas. Cada suceso es más que una noticia; es un síntoma de las condiciones estructurales de una forma de habitar el planeta que urge revisar para sanar la distancia entre las obras y la comprensión de la naturaleza.
Miles de personas afectadas que son noticia durante unos días, aunque sus vidas cambian para siempre a pesar del olvido del tiempo que pasa, como las hojas de los periódicos cuyos titulares cuentan otras crónicas día a día. Sin embargo, el olvido no borra el duelo ni la memoria de quienes han resistido el embate de la muerte y la tragedia.
Entretanto, la vulnerabilidad construida muestra la evidencia de la distancia del ser humano con la naturaleza y el entorno. Un fenómeno natural puede convertirse en desastre cuando sucede en sociedades vulnerables, entre construcciones frágiles y en territorios que hemos ocupado sin escuchar sus señales. La tierra está viva y lo hemos olvidado. Es tan grande el distanciamiento que dejamos de sentir y de presentir los cambios en el tiempo, en el aire, las señales del viento. Seguimos tomando decisiones que aumentan nuestra vulnerabilidad frente a los desastres, porque no nos adaptamos y olvidamos que la vida es solo un instante.
Porque en 90 segundos se puede perder todo lo que creemos sólido y seguro, haciendo evidente cuán frágiles y efímeros somos. Y en ese mismo instante, la naturaleza nos invita a recordar que somos parte de ella. La fugacidad del tiempo es relativa, porque en medio del pánico los segundos se hacen eternos y cobran significado cuando se sobrevive para valorar el significado y sentido de la vida más allá de lo meramente material.
Cuando la tierra tiembla, nos hace un llamado a recobrar el sentido, para valorar el tejido invisible de todo lo que existe y la importancia de la comunidad. Es entonces cuando la recuperación de la consciencia puede hacerse realidad para reencontrarnos con lo esencial de la naturaleza del ser humano.















