Desde que se estrenó The Last Dance (2020), la serie documental sobre la carrera de Michael Jordan y su retiro de los Bulls de Chicago, la frase “el último baile” se popularizó. Quizás por ese abuso mediático y de redes sociales huí de todo contenido con aquel título, con aquella mención.

Sin embargo, hubo uno que sí esperé con ansias: Nairo Quintana en La Vuelta de este año. La última gran vuelta del corredor latinoamericano más exitoso en la historia del ciclismo. Su nombre supo ganar La Vuelta en 2016 y se convirtió en el único pedalista con podios en las ediciones centenarias del Giro de Italia (2017) y del Tour de Francia (2013). Fue el primer sudamericano en ganar dos grandes vueltas, el último ganador de una etapa WorldTour antes de que la pandemia suspendiera el ciclismo.

No hubo “último baile” entre el boyacense y el equipo español: Nairo dijo a los medios, con una tranquilidad impactante, que el equipo tenía otras prioridades. Al momento de escribir este texto, se declaró campeón de la Vuelta a Enric Mas, el español perteneciente al Movistar Team. Sin importar el resultado que se dé, personalmente considero que el Movistar Team debió llevar a Nairo a competir en España: era el homenaje justo a un deportista que logró 42 triunfos con su uniforme.

Pero el deporte no depende de merecimiento; para las cabezas a cargo, son los datos los que hablan. Mientras, para los fanáticos, el sentimiento siempre nos guiará, nos hará creer que se puede aun cuando la situación no lo haga posible. Y con Nairo fue así desde aquel podio del 2013 en el Tour —porque el Giro y la Vuelta fueron posibles, porque la Tirreno, la Volta, Romandía, País Vasco y otras carreras tuvieron una bandera colombiana por encima de las demás. La promesa que inició con la generación de los ochenta, de la mano del equipo Café de Colombia, se concretó con cada una de esas 53 victorias.

Quizás Nairo habría persistido si hubiese cambiado de aires antes, si hubiera tomado rumbo a un espacio donde no tuviera que compartir liderazgos con Valverde, Landa o Mas. Lo cierto es que en el 2020 firmó con un proyecto ambicioso francés: el Arkea, un equipo que logró ser de categoría WorldTour gracias a las actuaciones de Nairo. ¿Por qué no se fue a otra escuadra más fuerte? ¿Dinero? ¿Falta de ofertas?

Poco importa ya. Solo quedan las conjeturas, como fantasear sobre lo que hubiese pasado con Nairo en La Vuelta. La realidad es que estuvo con el Arkea hasta el escándalo del tramadol en 2022; según la Unión Ciclista Internacional (UCI), no se cometió dopaje, pero sí un uso indebido. El resultado fue no competir en todo el 2023, pues ningún equipo lo quiso firmar. Para el 2024, regresó al Movistar y salió segundo en la etapa 15 del Giro, detrás del mejor del mundo, Tadej Pogačar. ¿Y si en ese 2023 hubiese corrido? ¿De verdad lo mejor fue volver al Movistar?

En lo concreto, por más de una década, Nairo Quintana representó al ciclismo colombiano. No siempre fue el nombre más fuerte: Egan Bernal irrumpió en el 2018 y se confirmó con el Tour del 2019. Fue entonces cuando aparecieron las comparaciones: ¿Egan Bernal o Nairo Quintana? ¿Cuál ha sido el mejor? Egan Bernal tuvo un accidente que casi lo mató y a punto estuvo de dejarlo parapléjico. ¿Habría ganado más? ¿Habría podido con Pogačar si no se hubiese accidentado?

Este es el problema del romance en el deporte: cambiar recuerdos por sueños. Con Nairo soñamos mucho, pues le faltó solo el Tour de Francia. Suena a que es poco. Soñar relativiza lo concreto —Nairo materializó tantos logros para el ciclismo colombiano que ahora las victorias, la camiseta de la montaña y un podio pueden parecer poco.

Quizás esa sea la mejor lección aprendida al haberlo perdido: apreciar realmente lo que se tiene y medirlo de manera justa y sopesada. Lástima que Colombia, país que a veces depende tanto de sus deportistas por la incapacidad de otros líderes, no lo haga. Nairo y yo no hemos compartido tendencias políticas, pero esto nunca me impidió disfrutar de sus ataques, levantarme del sofá mientras perseguía o gritar de emoción cada vez que levantaba las manos. La alegría puede ser más importante que la política.

Otra lección quizá sería pensar en esa frase que decimos tanto los colombianos: Nadie nos quita lo bailao. Aunque Nairo se retire, la bandera de Colombia estará en los listados de ganadores. Construyó un legado victorioso, uno que permite a jóvenes en bicicleta soñar con que levantar las manos en las ciudades europeas es posible. Nairo es un parteaguas. Él les recordó a mis compatriotas que tenemos talento para subir montañas; que hay y habrá otros escarabajos dispuestos a superar su legado.

Así como aquella canción de Carlos Vives, Orgullo de mi patria, menciona a muchos que estuvieron antes de Nairo, desearía poder mencionar nuevos nombres que ameriten un nuevo homenaje. Mientras pasa el tiempo y las cosas se acomodan, es importante situar a Nairo en ese lugar de privilegio que merecen aquellos que han roto los límites de lo esperado en Colombia —Juan Pablo Montoya, María Isabel Urrutia, Edgar Rentería, Mariana Pajón, entre otros.

Sobrarán las voces “autorizadas” que descalificarán a Quintana. De hecho, ya está pasando: su llamado a la selección para el Mundial de Ciclismo de 2026 en Montreal fue criticado por los expertos en ciclismo de algunos medios. A mí me hizo feliz ver su nombre. Lo merece; es lo mínimo que se le puede ofrecer. Para cuando se lea este texto, ya habrá corrido. No importa el resultado; fue un gusto tener a alguien como Nairo poniendo palabras como Cómbita, Boyacá, Colombia en otros idiomas y lenguas. Él ya habrá bailado. Gracias, Nairo.