¿De qué está hecho un paisaje?

No únicamente de montañas, árboles o ríos. Un paisaje es, antes que nada, una acumulación de cosas más pequeñas: la humedad que se anticipa a la lluvia, un reflejo que dura un segundo sobre el agua, la sequedad de una tierra que se agrieta, el frío que cambia el color del cielo, la luz de una hora del día que no vuelve a repetirse igual. Reconocemos un paisaje mucho antes de nombrarlo. Lo sentimos en fragmentos, y solo después, si acaso, lo armamos en una palabra: montaña, río, campo.

La imaginación no siempre trabaja con lo que vemos. A veces trabaja con la sustancia misma de las cosas — su peso, su temperatura, su densidad. Hay materias que pesan y resisten, como la tierra seca, y otras que apenas se dejan tocar, como el aire o el agua en movimiento. La tierra la identificamos por su aridez o su humedad, antes que por su forma. Al aire apenas se le siente pasar. Natalia Mendieta y Lorenza Panero parten justamente de ahí: no de la vista, sino de la materia. En vez de retratar paisajes, los evocan a través de sus cualidades más elementales.

Para Natalia esa materia tiene un nombre concreto, la tapia — una forma de pensar el suelo que recibe una huella: el color de la tierra, el oficio de construir, la marca que deja alguien al levantar un muro para vivir detrás de él. Esta reflexión atraviesa lienzos, papel de arroz y cerámica, y se condensa en un poema suyo, Una tapia es una tapia, donde una misma cosa se despliega en todo lo que puede ser a la vez:

"Una tapia es una tapia, / es una casa, / es el muro. / Es montaña, es vestigio, / es el bloque, / es lindero."

Esa misma palabra —tapia— reaparece en la pintura, pero transformada: su silueta está presente en cada obra, aunque ya no se reconozca como palabra. Se ha vuelto trazo, gesto, caligrafía que remite sin declararse del todo.

Lorenza se mueve en el extremo opuesto: trabaja con lo que apenas se deja sostener con las manos. Su pintura y su obra sobre papel viven en un terreno etéreo, más cercano al aire o al agua que a la tierra — todo tiende a disolverse, a perder el borde, a convertirse en atmósfera antes que en forma. David Manzur ya lo notaba en el trabajo de la artista hace unos años: hay algo de "mundo onírico, mágico y misterioso" en esas imágenes, más cercano a un estado de ánimo que a un lugar concreto. Sus imágenes no cuentan una historia; dejan que cada quien arme la propia frente a ellas. La luz de una hora del día, la sensación de estar cerca o lejos de algo que nunca termina de precisarse — eso es lo que queda. Aquí hay algo que se siente antes de poder describirse.

Tierra y muro, luz y aire: los materiales cambian, pero la confianza es la misma — la de que el espectador complete lo que la obra apenas insinúa. Ninguna imagen en esta muestra está completamente resuelta. El recorrido funciona casi como un poema: el sentido descansa en la relación entre las piezas, en lo que resuena de una obra a otra, en los silencios entre una pared y la siguiente.

No vemos un paisaje, sino cualidades. Esas cualidades convocan elementos, y los elementos, a su vez, despiertan la imaginación. El resto lo hace quien mira: es esa imaginación la que termina por recomponer el paisaje.

(Texto por Ana Lucía Arbeláez)