Se siente como el fin del mundo cada vez que se abre la ventana;
cada vez que se escucha la olla a presión llegar al punto de ebullición,
ante la escasez del agua y la explotación desmedida de los recursos.
Pero también ante el ruido inminente que trae la violencia
— esa que ha estigmatizado el paisaje colombiano
y que nos ha moldeado en clave de supervivencia —.
Sin embargo, esa sensación de cara a la catástrofe reside,
en ocasiones, en el menor de los acontecimientos:
ante la pérdida, ante una caída o ante la renuncia del amor.
Todo convive aquí en el mismo plano,
en el que el mundo parece terminarse una y otra vez.

(Francisca Jiménez)

El fin del mundo que explora Francisca Jiménez en este grupo de obras no es un evento futuro; es una sensación diaria que la ha acompañado a lo largo de su vida. Una vivencia que cobró sentido hace solo dos años gracias a un diagnóstico clínico de Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), el cual le permitió nombrar esa angustia y empezar a tratarla. Esta condición empuja la percepción a moverse entre extremos y a experimentar la catástrofe como una sensación permanente, estética, simbólica y sostenida en el tiempo.

Francisca es hija de un exmilitar y creció entre bases militares en un país en el que la inminencia de la guerra ha entrenado al cuerpo para la alerta permanente. Sus obras anteriores ya rastreaban cómo ese contexto moldeó su manera de entender el paisaje, su historia familiar y la del país. Esta angustia que ahora se traduce en un plano clínico, es la huella de un trauma colectivo: una herida generacional.

Es así como Francisca se adentra en el paisaje como parte de su tratamiento, una confrontación con la naturaleza y con geografías en las que los límites emocionales se ven interpelados por los límites geográficos que explora. Por eso, el hito de esta búsqueda empezó en Tierra del Fuego, el lugar que llaman «el fin del mundo» por ser el asentamiento habitado más austral del planeta. Allí no encontró un desenlace, sino una confrontación directa con un paisaje indiferente y calmo. Caminó. Plantó una bandera gris en el último punto que alcanzó, parodiando los rituales de conquista. Encontró un caballo blanco frente al precipicio, como la contrafigura de la imagen hegemónica de los jinetes del apocalipsis que vaticinan el fin en la teología Judeocristiana; en su lugar, solo un animal paciente que mira el horizonte.

Abismo funciona como una arqueología de un paisaje imaginario compuesto por varios fragmentos. La exposición reúne material registrado en la Patagonia, Bogotá y la meseta de Colorado. Un meteorito que cae sobre edificios bogotanos. Imágenes que construyen un paisaje extraplanetario. Unas cajas de luz que arman la historiografía falsa de un territorio que solo existe en las imágenes que lo nombran. No es el registro de un lugar específico: es la excavación de una cartografía inexistente rodeada de una afectividad tangible.

Lo que Francisca encontró al llegar al borde fue un problema de escala: la naturaleza no se rige por la urgencia humana. El desastre que sentimos absoluto es, para el paisaje, apenas un instante. Eso no disuelve la angustia, pero la recoloca. Tal vez el fin del mundo sea como el azul de las montañas: algo que se reconoce, pero que solo existe mientras se ve a la distancia.