Pierre Auguste Renoir, nombre clave del impresionismo, debe ser (re)considerado, al igual que Manet, Degas, Monet o Caillebotte, como uno de los grandes pintores de la vida moderna del siglo XIX. Entre la década de 1860 y 1880, inventó una forma de pintar fluida y ligera, llena de luz y color, así como nuevos temas, centrados en las relaciones entre hombres y mujeres.
La visión feliz, recatada y tierna de Renoir, carente de cualquier elemento sentimental, lascivo o dramático, lo distingue de los pintores de su época. El artista ubica las interacciones que representa en sus cuadros en lugares públicos, nuevos espacios de sociabilidad modernos o en la naturaleza (teatros, restaurantes, merenderos, bulevares, jardines...), lugares que frecuentan distintas clases sociales. Estas «escenas» populares del amor moderno propician una mayor libertad de costumbres y el auge de amores «ilegítimos», en una época en la que las convenciones burguesas y la moral religiosa aún dictaban las relaciones amorosas y sexuales. Aunque sus representaciones siguen marcadas por los estereotipos de género tradicionales, Renoir revive el recuerdo de las «fiestas galantes» de Watteau, Boucher o Fragonard para recrear el encanto de las relaciones entre hombres y mujeres y cuestionar, de forma implícita, la cuestión del deseo masculino y el consentimiento femenino.
Pero Renoir no se limita a los juegos de seducción. Sus parejas suelen enmarcarse en una amplia red de interacciones sociales y afectivas (amigos, padres, hijos...). El amor, concebido como fuerza fundamental que une a los seres entre sí y con la naturaleza, guía su inspiración. Según Renoir, la pintura debe ser «agradable, alegre y bonita». Su mirada y su pincel conectan gestos, miradas, cuerpos y escenarios en composiciones que constituyen mundos en sí mismos. En este periodo decisivo, probó en varias ocasiones las pinturas de formato grande con escenas de convivencia moderna (El cabaret de la Mère Anthony, Baile en el Moulin de la Galette, El almuerzo de los remeros...), que se muestran como manifiestos y protestas contra la creciente soledad de la vida urbana. Rechazando el determinismo social y la visión miserabilista que algunos artistas naturalistas tienen de las clases populares, de las que él mismo procede, elude a la vez una realidad más amarga: la miseria, el alcoholismo, la prostitución y la explotación por parte de los hombres burgueses de las mujeres de las clases populares, la suerte de las madres solteras y los niños abandonados... ¿O acaso se refiere discretamente a esa realidad que tan bien conoce?
Esta exposición, realizada en colaboración con la Galería Nacional de Londres y el Museo de Bellas Artes de Boston, replantea la contribución fundamental de Renoir al impresionismo y a la historia del arte del siglo XIX a través del concepto complejo y universal del amor, pilar central de su obra. Ofrece una nueva perspectiva sobre cuadros tan reconocidos que resulta difícil apreciar toda su radicalidad. Por primera vez desde 1985 (fecha de la última retrospectiva de Renoir organizada en París, en el Grand Palais), algunas de las principales obras del artista y del impresionismo se reunirán en Francia.
















