Durante la primavera de 2026, la artista Bethany Collins, basada en Chicago, presenta la exposición titulada El diluvio, que reúne una serie de obras que exploran el concepto de una tormenta existencial. A través de la escultura, el sonido y obras en papel, Collins rastrea lo que significa habitar un mundo en donde las palabras, la memoria y la historia fluyen y se entrelazan. Tomando inspiración de pilares literarios como lo es la novela Moby Dick, de Herman Melville y la leyenda de Antígona de Sófocles, así como de canciones arraigadas en la cultura estadounidense, Collins selecciona estas fuentes para descubrir corrientes de resistencia y perseverancia mientras que al mismo tiempo expone las fuerzas de destrucción y cataclismo — las corrientes subterráneas de violencia y conflicto — que las han moldeado. Sus obras emergen de profundas aguas históricas, donde el lenguaje desborda sus propios límites, surgiendo, retrocediendo y regresando con el peso de la memoria. En El diluvio, el significado se sostiene no a través de la estabilidad, sino a través del movimiento: una corriente que arrastra los vestigios de aquello que la historia no puede soltar.

En harmonía con estas tendencias actuales, la exposición se centra en O, la ballena, volúmenes 1 y 2, que son parte de la trilogía de Collins que en la cual hace una transcripción de la novela Moby Dick, de Herman Melville (1851). El historiador Nathaniel Philbrick se refiere a la novela como una ​“Biblia estadounidense”, una exploración literaria de la pérdida, la salvación y las oscuras consecuencias de un espíritu impenitente. Collins se ha dedicado a la meticulosa y laboriosa tarea de transcripción, reescribiendo el texto de los dos primeros volúmenes con tinta ferro-gálica sobre un papel cebolla casi traslúcido. Creada en el siglo IV, esta tinta fue alabada por su cualidad indeleble — no se borra frotando ni lavando — aunque es inherentemente corrosiva debido a su acidez, deteriorando gradualmente la superficie con la que entra en contacto. Al transcribir el texto de Melville con esta tinta, Collins impregna una de las obras más arquetípicas del país con un ​“vicio inherente” (término propio de la conservación), transformando el acto de preservación en uno de lenta disolución. La obra evoca la fuerza dual de la resistencia y la decadencia: una imagen de la fe erosionada por su propia persistencia.

Permaneciendo en diálogo con Moby Dick, otras obras incluidas en El diluvio forman una constelación de prácticas de supervivencia en medio del paradigma de turbulencia. Muchas de las composiciones de Collins en torno a Antígona se centran en actos de disidencia, imaginados como cruces traicioneros o corrientes radicales de desafío. Collins creó estas obras a través de la meticulosa borradura de pasajes de los manuscritos de diferentes traducciones de la tragedia de Sófocles. Distribuyendo el texto en varios paneles, oscurece cada palabra salvo algunas de sus frases. Lo que queda son fragmentos del discurso fracturados, pero aun potentes: renglones que iluminan la irresolución y la convicción. En Antígona: 1998 / 1962 (2025), únicamente permanece legible el siguiente texto:

Para algunos, tenías razón. Para otros, estabas equivocado.
Algunos te consideraban sabio; los muertos me elogiaban.

Estos fragmentos, suspendidos entre la ausencia y la afirmación, revelan cómo la convicción se transmite a través de las corrientes tan cambiantes de la interpretación.

Collins profundiza su investigación en torno a la historia del Sur estadounidense a través de sus dibujos de canciones. Compuesta por Stephen Foster cerca del final de su vida y publicada póstumamente en 1864, Bello soñador es una dulce serenata que habla de la reunión y la liberación. Basándose en la estructura de la notación musical que se repite fluidamente desde el principio hasta el final, Bello soñador (2025) entrelaza el sentimentalismo romántico de la balada de Foster con la solemne gravedad del Réquiem de Verdi. Las partituras circulares resultantes fusionan una de las canciones de salón más memorables del país con una ineludible llamada al juicio. Al devolver a la canción de amor a sus orígenes apocalípticos — escrita en medio de una guerra civil aparentemente interminable — y al integrarla en esta forma recursiva y ondulante, Collins sitúa al arrepentimiento en un retorno eterno hacia un posible camino hacia la absolución.

La serie en escultura de Collins, Viejas rosas de barco, encarna un acto silencioso de respeto por el pasado. En esta serie, la artista crea rosetas utilizando papel artesanal impregnado de polvo de granito pulverizado de un monumento desmantelado de la confederación. Los moldes se basan en detalles arquitectónicos de la Iglesia Old Ship AME Zion en Montgomery, Alabama, la iglesia afroamericana más antigua de su ciudad natal, y que es el lugar de encuentro de figuras como Frederick Douglass, la senadora Blanche K. Bruce y Booker T. Washington. La rosa, históricamente un símbolo de amor y recuerdo en el imaginario victoriano, se convierte aquí en una ofrenda: un delicado memorial esculpido a partir de las ruinas de un monumento a la supremacía blanca, reconstituido para aludir a formas de ternura, belleza y la reverencia por la resiliencia.

Finalmente, la obra sonora La pancarta del patriota (2024) funge como un umbral en la exposición: su sonido, que asciende desde la escalera del museo, guía a los visitantes hacia el nivel inferior, lo que Collins denomina ​“el vientre de la ballena”. La obra aborda la historia de las barras y las estrellas como un agente que contrarresta, una melodía cuya letra fue reescrita innumerables veces a lo largo de la historia de los Estados Unidos de Norteamérica para expresar causas tan diversas como el sufragio, la templanza, la abolición y la secesión. Collins se basa en una versión abolicionista del himno escrita en 1858, resignificando y superponiendo sus voces hasta que las palabras se funden en puro sonido. El resultado es al mismo tiempo elegíaco como elemental: la familiar cadencia patriótica del himno se disuelve en un campo oceánico. A la vez melancólica y trascendente, La pancarta del patriota encarna tanto la tormenta como la posibilidad de renovación que contiene.

A través de actos de transcripción, borradura y reinterpretación, las obras de Collins en El diluvio exploran al lenguaje como una fuerza que se desplaza a través del tiempo como lo hace el agua: moldeando, erosionando y retornando. Ya sea a través del viaje fatídico de Melville, la inquebrantable heroína de Sófocles, o las múltiples versiones de un himno nacional, su práctica revela la persistencia del significado incluso cuando se sale de nuestro control. El diluvio no es un evento del pasado, sino un estado que habitamos: el lento e incesante movimiento de historias y voces que fluyen bajo la nuestra.