Quod est superius est sicut quod inferius
Tabula smaragdina.

Principio de Correspondencia: Como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera.

(El kybalión)

El segundo principio hermético que establece una relación entre extremos opuestos es la fórmula más popular del libro Kybalion (The kybalion).

Esta importante publicación esotérica, que presenta conocimientos, doctrinas o rituales reservados para iniciados o grupos secretos, fue publicada en Chicago a principios del siglo XX y reúne los saberes del mítico Hermes Trismegisto, relacionados con la tradición hermética clásica y moderna.

Este aforismo secreto que ha trascendido el paso del tiempo nos recuerda en su moral, que los opuestos están conectados en una profunda dependencia que los mantiene estrechamente unidos.

La exposición El cielo y la tierra, no busca materializar o difundir a través de una selección de obras de artistas contemporáneos algún tipo de pensamiento esotérico, mejor desea proyectar la sensación de una concordancia entre lo diferente o lo distinto, que la imagen poética de la correspondencia entre el cielo y la tierra parecen perfectamente encarnar.

En ese sentido la relación entre el cielo, (lo que está arriba) y la tierra (lo que está abajo) nos sirve como plataforma poética para presentar una serie de artistas diversos en sus proyectos, discursos, estrategias, formas y materialidades, que de alguna manera se interesan por esos dos elementos tan diferentes, pero íntimamente vinculados.

Entendemos la Tierra como el planeta donde habitamos, pero la palabra también designa una materia o según Empédocles en la tradición clásica, una de las 4 raíces, o uno de los 5 elementos, para Aristóteles. Posteriormente, esta clasificación fue utilizada en la medicina de Hipócrates, como también en el esoterismo y la astrología.

Asimismo, el cielo, que podría relacionarse con el elemento o raíz aire, se proyecta como su contrario perfecto, si la tierra es dura y oscura, el cielo es leve y trasparente.

Sin embargo, desde un punto de vista científico, la dimensión holística entre estos contrarios es evidente, ya que lo que llamamos cielo, está definido por la atmósfera, es decir la capa de gases (llamados genéricamente aire) que envuelve nuestro planeta y hace posible, gracias a su acción protectora, la existencia y el desarrollo de la vida en el mismo.

En ese sentido, la relación entre este sistema de gases y su dinámica, que constituyen la atmósfera, influyen directamente en la naturaleza y la vida humana, en sus múltiples aspectos culturales como la economía y la política.

La obra de Julia Castagno es multiforme y aborda todos los medios y lenguajes del arte contemporáneo. No obstante, la artista reconoce que en su más tierna infancia la pintura era su pasión, consagrándole todo su tiempo y dedicación.

En la última década, Julia Castagno aborda las prácticas de la escultura y la pintura, la primera dentro de una original forma de abstracción y la segunda, creando obras figurativas.

En ese sentido, en esta exposición se muestra una serie de pinturas donde representa plantas y flores, llamada Los jardines de Odilon.

La artista utiliza como soporte para estas obras, papel para revestir paredes, específicamente sobrantes de rollos de empapelar. Este original lienzo se encuentra estampado con motivos florales.

Ella interviene, modifica, corrige, repara o quizás perfecciona esas representaciones industriales de la naturaleza, generando un entramado complejo y efusivo, que de alguna forma suaviza esa base mecánica e impersonal.

Aunque, el título de la obra se proyecta como un posible homenaje al gran pintor simbolista francés, el formato de la tela de una horizontalidad extrema nos recuerda los rollos de pinturas orientales (chinas, coreanas o japonesas).

La primera referencia da cuenta de los misterios que la obra de Odilon Redon proyecta, que cautivan a la artista y la segunda, revive ese momento de su infancia donde el dibujo era un espacio para el desarrollo infinito de la imaginación, una práctica donde todo era posible, incluida la resiliencia, la superación y la resistencia. Silvina Cortés Lasalle produce esculturas donde experimenta con la tradición de la cerámica y el soplado de vidrio. La artista no utiliza el tradicional torno para construir sus obras, sino que las modela como un(a) escultor(a) tradicional.

Sin embargo, para colorear estas obras investiga en los saberes que provienen de la tradición artesanal para la fabricación de cacharros.

Estas esculturas de formato mediano impactan por sus originales formas orgánicas que se despliegan en el espacio perturbando nuestra mirada por su extrema ambigüedad.

Estos volúmenes generan una ilusión de organismos vivos que, en su pulsión vital, fluyen, se desarrollan y se expanden. En ese sentido, estas obras se proyectan como una poderosa metáforas sobre la vida informe y descontrolada de la naturaleza. Leandro Erlich toma situaciones de la vida cotidiana y extrae objetos como el ascensor, la puerta o incluso un edificio entero de su contexto original. Mediante el uso de trompe l’oeil, espejos y dobles fondos, invierte la visión del mundo jugando con la realidad: transforma lo banal en un espacio inusual. Fascinado por lo infinito, el sujeto observado aparece siempre invertido, construyendo una dimensión imaginaria atemporal que nos conduce a lugares de fronteras inestables.

Las instalaciones del artista cuestionan nuestra relación con lo que vemos y con aquello en lo que creemos. Rara vez un simple espectador, el visitante es invitado a convertirse en actor dentro de la obra. Su fascinación por las dimensiones distorsionadas permite al público sumergirse en una experiencia única y colectiva. Carolina Fontana presenta en este proyecto obras de la serie “Nos hicieron creer”. Estas pinturas apaisadas renuevan o revisan la tradición del paisaje articulando relaciones complementarias entre la representación de lugares precisos, tomados de una fotografía y un espectro de colores que los rodea, ocupando gran parte de la composición pictórica.

Estos vectores, que hacen vagamente referencia a líneas de fuga en la tradición renacentista de la perspectiva, proyectan una particular ilusión de espacio envolvente.

En efecto, estos planos de color, realizados con una sofisticada paleta de colores, están definidos espacialmente por las dimensiones de la tela, pero generan una sensación de escapar de ese espacio físico y expandirse ante nuestros ojos.

Esta ilusión espacial donde una imagen parece desaparecer antes nuestra presencia, pero que a la vez está conectada físicamente con el espacio que la mantiene alejada, se proyecta como una metáfora sobre el recuerdo, la memoria y su inexorable obsolescencia.

Las dos obras que Diego Focaccio presenta en la exposición son parte de la serie Los archivos de la luz y se pueden entender como una suerte de cartas estelares que rememoran eventos fundamentales de la humanidad.

Estos sucesos son evocados a través de la posición en que se encontraban constelaciones y estrellas en el momento que ocurrieron, como también de la posición que estas tenían desde la perspectiva terrestre.

Para construir estas cartografías el artista utiliza a modo de estrella los conocidos frutos secos de las plantas del Abrojo (Tribulus), denominados también por extensión con ese nombre. La forma redondeada y espinosa de este fruto permiten proyectar la ilusión física de una estrella, pero a la vez articular la metáfora que el artista proyecta con estas obras.

Si, la astrología en su narrativa afirma que la ubicación de las constelaciones y sus relaciones con los planetas del sistema solar influyen en el carácter y la conducta de las personas y por ende de la vida humana en general. Diego Focaccio establece una relación poética entre la vida biológica terrestre, el devenir humano y el movimiento estelar que podemos observar desde la tierra.

En las pinturas de Vicente Grondona se condensan y fisionan diferentes tradiciones y estéticas modernas. El artista en cada nueva serie de obras experimenta con la relación entre soporte y material pictórico.

El género del paisaje es uno de los temas recurrentes que la obra de Vicente Grondona aborda, las imágenes creadas son el resultado de una laboriosa improvisación, de un automatismo consciente, que parece reconfigurarse a cada momento en formas que se organizan en la acción creadora.

Si la obra de los artistas modernos es el resultado de una incansable e infinita negociación con la representación de lo real, las pinturas de Vicente Grondona buscan traducir el sutil resplandor de un recuerdo, contaminado por la experiencia de lo sublime.

Longrando así, un estilo pictórico cargado de anacronismos, nostalgia y candidez. Esto no es el resultado del ejercicio de una calculada apropiación posmoderna que busca en su intoxicación de citas justificar una práctica conservadora del arte, por el contrario, la práctica de Grondona se apoya en una reserva cultural que actúa como una energía vital que nutre cada momento de su labor creativa.

Estas pinturas ensayan una alternativa a la obsolescencia de los recuerdos, siempre efímeros, de lo cotidiano y su precaria belleza.

Cao Guimaraes a través de su fotografías y audiovisuales registra eventos cotidianos que podrían resultar banales o intrascendentes, sin embargo, su poética reside en la particular singularidad de estos.

En esta oportunidad presentamos la serie de fotografías llamadas Mare, en las que el artista captura el dibujo que produce en su movimiento el agua en la arena de la playa.

Esto efímeros y fugases diseños representan con extrema sutileza líneas serpenteantes. Ellas parecen recrear la forma ondulada de un paisaje montañoso, que podríamos asociar al recuerdo de la ciudad natal del artista; Belo Horizonte.

Así, podemos entender que la serie proyecta la nostalgia de su terruño, ya que Cao Guimaraes vive actualmente en Uruguay, sin embargo, estas imágenes proyectan una narrativa aún más sutil.

Estas ondas son la huella dejada por agua y la memoria de su pasaje, que solo puede ser registrada por el aparato fotográfico, ya que están condenadas a desaparecer en un instante y al mismo tiempo a recrearse con formas diferentes continua y quizá eternamente, con el propio movimiento del mar.

En ese sentido, diferencia y repetición parecen fusionarse en una parábola donde lo sublime es a la vez instante y eternidad.

Las pinturas del artista Dean Monogenis evocan sutilmente la tradición europea del vedutismo. Este subgénero dentro del paisaje, aunque fue denominado y tuvo su auge dentro de la pintura veneciana del siglo XVIII, surgió en los Países Bajos. Esas pinturas tenían una voluntad de recordación y memoria, a modo (anacronismo mediante) de grandes postales turísticas, ya que en su mayoría eran adquiridas por extranjeros.

Asimismo, los grandes representantes de este particular género crearon otro aún más original: el capriccio (caprichio). Canaletto (Venecia 1697-1768), uno de sus más destacados representantes, creaba vistas urbanas donde edificios y construcciones reales se confundían con otras surgidas de su imaginación.

Los singulares paisajes de Dean Monogenis son producto de su imaginación y no reproducen ningún lugar en particular.

El artista contrapone construcciones modernas con exuberantes paisajes naturales, esta contraposición, pone en evidencia la omnipresencia de la cultura humana en el planeta.

Igualmente, en sus últimas obras la presencia de la naturaleza ocupa más espacio compositivo, en contraste con composiciones abstracto-geométricas.

Esta extraña confrontación, entre paisaje y cultura visual se proyecta como una perfecta metáfora sobre el avance inconmensurable del Antropoceno.

(Texto de Manuel Neves)