Las obras de Ginevra Landini (1996) y Emilio Renart (1925 - 1991) operan en un territorio abstracto que podría generar cierta información sensible cuando se emprende un recorrido al interior de la mente, sobre una misma ruta que se expande al cosmos. Se trata de un movimiento sin piso hacia una formalidad desconocida que, no obstante y al mismo tiempo, podría ser parte de aquella sensibilidad intrínseca e inobservable que nos funda como humanos. Como nos recuerda la obra de Landini, el calcio de nuestros dientes fue generado por una misma supernova. Y es sobre ese dato, como sobre tantos otros, que es posible serpentear entre las sensaciones de una red neuronal activa y su expansión en filamentos más allá del propio cuerpo, utilizando solo como vehículo una misma línea que flota en el espacio.

Ambos buscan una semiótica sensorial propia. Una suerte de escritura cuyos grafemas son células, pelos y bulbos pilosos, huevos y agujeros, redes neuronales y filamentos; formas que organizan y narran, en un lenguaje tan interno como alienígena, las experiencias del cuerpo y la conciencia junto con la aparición orgánica de la abstracción celeste. Dicha escritura no es traducción, sino performatividad sensible desde la mano que ejerce como interlocutora de la mente. No producen abstracciones cerradas, sino sistemas abiertos. Las formas conectan escalas: lo microcelular con lo abismal, lo anatómico con lo geológico, el pelo con el calcio, el pensamiento con la materia. La vida aparece como una red de relaciones que atraviesa órganos y organismos, energías y territorios.

En las investigaciones de Renart, las líneas se despliegan como una exploración persistente del ser y de la conciencia humana. Sus organismos celulares y topografías lineales expanden el cuerpo desde su interior celular hacia la epidermis, y de allí a lo social y la galaxia misma. La conciencia se piensa como el engranaje de conexión de un sistema vivo que se manifiesta en múltiples dimensiones. En las obras de Landini aparece con mayor presencia el material, y desde allí las conexiones emergen como cartografías sensibles: raíces, ramificaciones, ecos y halos registran zonas liminales entre la percepción y la inmersión. Estados psicológicos, sueños, sensaciones nerviosas y pensamientos toman cuerpo como materia en movimiento fugitivo; como una organización propia del sentir, previa a cualquier clasificación. Lo mínimo y lo sutil —a veces frágil, casi siempre lírico— funcionan como vectores de expansión con posibilidades infinitas. Como en una red capilar, lo micro alimenta lo macro y lo transforma. En ese movimiento se abre un campo sensible donde cuerpo, materia y cosmos vuelven a pensarse como partes de un mismo sistema vivo.

En definitiva, la conciencia y el inconsciente humanos se despliegan en estas obras como parte de un sistema más vasto. Las emociones tienen una circulación sistémica, como si fuesen parte de una red nerviosa, un flujo sanguíneo o una órbita en movimiento perpetuo. Lo interior no se fija en subjetividades claras, sino que se desplaza para evitar reducir las emociones a narrativas personales y categorías previsibles. Algo así como una búsqueda continua, y tal vez sin solución, de lo íntimamente colectivo.