Los ángeles se despertaron y quieren castigar a una humanidad en crisis. Esa era la premisa de Evangelion (1995), el animé de Hideaki Anno que fue uno de los primeros en llegar a la televisión argentina mediante los canales Locomotion y Magic Kids. En esa historia llena de referencias bíblicas que obesionó a niños y adolescentes de los noventa era fundamental el rol de la secta científica que, en disputa con los ángeles, proponía derribar las barreras individuales uniendo las almas de todos los humanos en un mismo líquido viscoso. Las escenas que retrataban ese proceso eran montajes que superponían preguntas existenciales, rostros deformados de chicas adorables, encuentros sexuales y recuerdos hasta entonces reprimidos en el inconsciente de los personajes que se preparaban para el final de su existencia física.
Una operación similar ocurre al interior de las obras de Vida Espinosa. En ellas, la acumulación de imágenes provenientes del animé, de la espiritualidad, de las redes sociales, de la memoria afectiva y de la cultura metalera y punk se ve atravesada por oráculos que anuncian una muerte inminente: “Hoy estamos, mañana no". Un país cuyos íconos peronistas están muertos o encarcelados; un mundo sin dioses donde se siguen construyendo altares hechos de mochilas. Bajo el efecto alucinatorio del coleccionismo fetichista y la sobresaturación propia de la época del scroll, en la sensibilidad de China los memes hopecore que presagian un futuro mejor y el romanticismo kitsch de las rosas que se abren conviven con la violencia armada y los imaginarios apocalípticos. Con un énfasis en el trabajo manual, las pinturas devienen objetos y los objetos se convierten en pinturas: Hello Kitty apunta y Shinji Ikari sonríe como animal sacrificial, petrificado detrás de las municiones.
Son tiempos difíciles para la producción de sentido desde el imaginario otaku: Lilia Lemoine, la diputada cosplayer de La Libertad Avanza, rinde homenaje a Akira Toriyama, creador del clásico Dragon ball, y Pochita de Chainsaw man es la mascota con la que Javier Milei simboliza su lógica del ajuste. Mientras la ultraderecha se apropia de la épica del shonen para construir un sentido del heroísmo (irónicamente, en el camino del héroe que traza este género se resaltan incansablemente los valores de la amistad y la voluntad colectiva), estas obras devuelven a la subjetividad otaku su carácter popular. Nos recuerdan que, en Argentina, el consumo de animé dialoga con los recitales, los amuletos de Once, las estampitas de la virgen, los blisters de clona y las tarjetas que se venden en el subte. Está en las letras de las canciones, en las carpetas de colegio de los adolescentes globalizados y aislados a la vez, en los recuerdos de una generación que creció azotada por la crisis del 2001 y en el escapismo de quienes todavía necesitan algo en qué creer.
(Texto por Antonia Kon)












