Desde el Tristán de 1903 a La montaña mágica de 1924 transcurre el período más intensamente creativo de la vida intelectual de Thomas Mann. Es como una elipse que recorre los tiempos de una época que se precipita en un mar en zozobra que agita los fundamentos y, como decía Kubin, nos invita a bailar la «danza macabra de los principios». De este tiempo Thomas Mann es un testigo privilegiado. Los Buddenbrook ya era una verdadera lección de historia, cuyo sujeto no era otro que la burguesía alemana del XIX expuesta ahora a un destino difícil. De la mano de Fontane, Mann había señalado el viaje en el que observa cómo el pesimismo se domicilia en la conciencia burguesa alemana. Lukács dará cuenta de las implicaciones político-ideológicas de tal orientación.
Es en este contexto que el Tristán de Mann tiene una significación especial. Escrito como novela corta ya nos muestra un cambio de registro narrativo, distante de la lección de historia, y abierto a una fantasía desde la que asomarse a los interrogantes de su tiempo. Al igual que ocurrirá en La montaña mágica, un sanatorio será el lugar elegido para narrar el tiempo de la enfermedad y la muerte, abrazados a la experiencia del deseo y la pasión en un viaje que ya desde su inicio anuncia la imposible Bildung, eje central en la filosofía del clasicismo alemán y que el romanticismo elevó a su expresión más alta. Es ahí que desde Hölderlin a Kleist se anuncia el naufragio como expresión negativa de lo moderno.
En el camino ya han aparecido dos amigos intempestivos que marcarán decisivamente la orientación del pensamiento de Mann. El primero fue Nietzsche. El mundo espiritual y estilístico de Nietzsche le supone una fascinación única que amplia el horizonte de sus reflexiones y la libertad de interpretación. El ethos y el arte de Nietzsche iluminaban un viaje – él siempre Wanderer* – por una época que buscaba ansiosamente un mundo que Zaratustra había invocado en el grito profético de Sils María. Mann recordará con admiración secreta «la relatividad del inmoralismo de este gran moralista». Su glorificación de la vida a costa del espíritu alimentará la perplejidad que acompañó siempre la lectura de su obra.
Y junto a Nietzsche, Schopenhauer. Ya había sido el horizonte filosófico de Los Buddenbrook y había anunciado la muerte de Thomas. Pero su presencia en la obra de Mann transciende esa primera fase de su juventud. En su Relato de mi vida señala las diferencias entre lo que Nietzsche y Schopenhauer habían sido para él. Si la influencia de Nietzsche había sido más artística y cultural, la de Schopenhauer fue «una experiencia psíquica inolvidable». De su lectura recordará «la satisfacción que me producía aquella poderosa negación y aquella condena moral-espiritual del mundo y de la vida en un sistema de pensamiento cuya musicalidad sinfónica me seducía de la manera más honda. Lo que me encantaba de una manera sensible-suprasensible era el elemento erótico y místicamente unitario de esta filosofía, la cual había influido también sobre la música de Tristán e Isolda».
Tanto para Nietzsche como para Thomas Mann, Tristán e Isolda representa la expresión más alta y profunda de la música del XIX. Wagner reúne los elementos procedentes de tradiciones artúricas en una estructura dramática nueva que pudo envolver en una música de turbulento cromatismo que alimenta la sensualidad de la historia de Isolda que decide acompañar a su amante Tristán ya muerto, buscando así la unidad de sus vidas en la transcendencia de su amor. La forma en la que Wagner consigue plasmar con su música esa idea, en un manejo admirable de la armonía y la melodía, construida en una secuencia reiterada de los elementos fundamentales, da a la obra una potencia expresiva única que hace de la ópera algo sublime e incomparable. Ya desde el segundo acorde en la menor del Preludio todo se dispone de acuerdo a una idea que ya Wagner había expresado anteriormente: «El acorde entre música y alma debe estar sometido a un uso moral». Dar forma a la experiencia era ya el principio de toda filosofía del arte y de la música.
Desde esta perspectiva hay que mirar e interpretar la exposición que M. Ángeles Díaz Barbado presenta bajo el título de Tristán. Un largo viaje de años dedicado a pensar el mundo que el Tristán significa. El camino que une el sanatorio Einfried del primer Tristán con el Berghof de La montaña mágica se nos presenta como el viaje imposible en el que la espera infinita, los pasos silenciosos de la enfermedad como condición de la vida se refugian en el paisaje helado, cuyas agujas ya anuncian la transfiguración de los cuerpos, expuestos en la espera al abrazo del cosmos. Mientras podríamos refugiarnos en las Noches de Novalis o en los Winterreise de Schubert siguiendo los pasos de Hans Castorp.
(Texto de Francisco Jarauta)








