El manejo de la rivalidad y las relaciones entre ambas superpotencias definirá no solamente la relación bilateral entre ellas, sino también dará forma al sistema internacional del siglo XXI.
La geopolítica es el estudio de cómo la geografía —en sus dimensiones físicas, humanas, económicas y estratégicas— influye en la lucha y en la distribución del poder y en el comportamiento de los Estados en el sistema internacional.
En un mundo marcado por la interdependencia, la conectividad y la competencia, la geopolítica se ha convertido en una herramienta esencial para comprender los principales acontecimientos internacionales.
En el centro de este paisaje se erige la rivalidad y las relaciones entre los Estados Unidos y la República Popular China que constituyen el eje central de la geopolítica y de la configuración del sistema internacional en el siglo XXI.
Este enfrentamiento combina competencia militar y estratégica, interdependencia económica y rivalidad tecnológica, todo ello dentro de un orden internacional fragmentado en bloques políticos y económicos y comerciales.
Las relaciones entre ambas superpotencias comenzaron con el viaje secreto de Henry Kissinger a Beijing en 1971 que alistó el camino para la visita a China del entonces presidente de los Estados Unidos Richard Nixon. Así empezaba el acercamiento estadounidense a la República Popular China.
Tras la normalización de relaciones en 1979, Estados Unidos apostó por la integración de China en el orden económico mundial, con la expectativa de que el crecimiento y la apertura económica y comercial condujeran a la democratización y a la convergencia política.
El ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001 marcó el punto culminante de esta estrategia. Sin embargo, el rápido ascenso económico y militar chino, junto con el fortalecimiento del control político interno del Partido Comunista Chino (PCCh), alteró estos supuestos. La economía ingresó en un acelerado proceso de modernización y crecimiento, pero el proceso no condujo a la democratización política.
China es hoy la segunda economía y potencia del mundo y el principal socio comercial de decenas de países. La relación económica con Estados Unidos se caracteriza por una profunda interdependencia: cadenas globales de valor, inversiones cruzadas y un comercio bilateral de gran magnitud. No obstante, Washington percibe prácticas chinas como los subsidios estatales, las políticas monetarias, la transferencia forzada de tecnología y el trato preferencial a empresas públicas como amenazas a la sana competencia.
La guerra comercial iniciada en 2018 simbolizó el giro hacia una política de contención económica, con aranceles, controles a la inversión y restricciones a exportaciones estratégicas.
La tecnología es el núcleo de la rivalidad contemporánea. Sectores como los semiconductores, la inteligencia artificial, el 5G, la computación cuántica y las energías limpias se han convertido en campos de competencia directa. Estados Unidos busca preservar su liderazgo tecnológico mediante controles a la exportación, restricciones al acceso chino a tecnologías críticas y alianzas con socios afines.
China, por su parte, impulsa estrategias de autosuficiencia tecnológica como Made in China 2025 y el concepto de “circulación dual”, con el objetivo de reducir su dependencia del exterior.
En el ámbito militar, el Indo-Pacífico es el principal teatro de competencia. El fortalecimiento de la Armada china, su presencia en el mar de China Meridional y la cuestión de Taiwán representan focos de tensión.
Estados Unidos mantiene alianzas estratégicas con Japón, Corea del Sur, Australia, India y Filipinas, además de iniciativas como el QUAD (Australia, India, Japón, EE. UU.) y AUKUS (Australia, Reino Unido y EE. UU.), orientadas a equilibrar el poder regional chino.
Taiwán es el punto más sensible de la relación bilateral entre las dos grandes superpotencias, pues combina intereses estratégicos, económicos, tecnológicos y simbólicos, con el riesgo permanente de una escalada militar. El punto de mayor riesgo de conflicto es el estrecho de Taiwán y sus alrededores, tales como las Filipinas y las Islas Senkaku y Okinawa en Japón. También la isla de Guam.
Estados Unidos mantiene sus relaciones diplomáticas formales con China y robustas relaciones económicas, comerciales y militares no oficiales con Taiwán. Con frecuencia China realiza bloqueos navales y aéreos a la isla y amenaza con una reunificación que tendría lugar antes del 2030 o incluso antes del 2027. En esa eventualidad las dos superpotencias podrían entrar en un enfrentamiento militar directo a manera de capítulo de una Tercera Guerra Mundial.
Más allá del poder material, existe una competencia entre modelos de gobernanza. Estados Unidos defiende el orden internacional que surgió después del fin de la Segunda Guerra Mundial, la civilización occidental, la democracia liberal y los derechos humanos, mientras que China promueve un enfoque de soberanía estatal fuerte, no injerencia y desarrollo económico sin liberalización política.
Sobre este tema el Secretario de Estado Marco Rubio dijo recientemente: “Este es el hemisferio occidental. Este es el lugar donde vivimos y no vamos a permitir que este hemisferio sea una base de operaciones para los adversarios, competidores y rivales de los Estados Unidos”. Es decir, una actualización de la Doctrina Monroe de 1823.
Estados Unidos mantiene la hegemonía y el liderazgo en el G7, en la OTAN, en las democracias occidentales y en organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, mientras China tiene el liderazgo de los BRICS y se mueve como la principal economía del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership). La rivalidad y el enfrentamiento entre ambas superpotencias han derivado en un cierto impasse de organizaciones como las Naciones Unidas y la Organización Mundial del Comercio.
La rivalidad entre las dos mayores economías y potencias tiene efectos sistémicos: fragmentación de cadenas de suministro, presiones sobre terceros países para alinearse, debilitamiento del multilateralismo tradicional y del derecho internacional y una mayor volatilidad geopolítica.
La reciente captura y encarcelamiento del ya exjefe de estado de Venezuela Nicolás Maduro y su esposa por una fuerza militar estadounidense constituye el capítulo más reciente y revelador de ese emergente sistema internacional.
La rivalidad entre Estados Unidos y China no es simplemente un conflicto bilateral, sino un fenómeno estructural que redefine el orden internacional. Su evolución dependerá de la capacidad de ambas potencias para competir sin cruzar el umbral del enfrentamiento directo, así como de la respuesta del resto del sistema internacional ante esta nueva bipolaridad imperfecta.
Durante la primera administración Trump, las relaciones con China se caracterizaron por las fricciones, los conflictos e incluso la guerra comercial.
En la segunda administración Trump las relaciones con China han tenido sus altibajos y con frecuencia se alternan las tensiones y guerras comerciales con las conversaciones telefónicas y a veces las reuniones cordiales entre los mandatarios de ambas superpotencias.
Períodos de tensión se han alternado con limitados diálogos durante los años recientes.
El 30 de octubre de 2025 los presidentes Donald Trump de Estados Unidos y Xi Jinping de China se reunieron en Busan, Corea del Sur, después de la reunión de líderes de APEC (Asia Pacific Economic Cooperation).
Durante el año 2026 están contempladas posibles visitas de Donald Trump a China y de su homólogo Xi Jinping a los Estados Unidos. Y mientras tanto, los canales de comunicación entre las dos superpotencias siguen abiertos, pero la rivalidad estratégica persiste.
El manejo de esta rivalidad le dará forma no solamente a la relación bilateral entre los Estados Unidos y China, sino también al sistema internacional en el que viviremos durante los próximos años.














