La espera de Miguel Fernández de Castro (Sonora, 1986) se sitúa en un tiempo suspendido, donde cuerpos y formas permanecen expuestos a la intemperie, al desgaste y a la vigilancia. Lejos de aludir a la desaparición, la obra atiende estructuras y restos incorporados al paisaje, y en ellos identifica una disonancia entre el hallazgo y su posterior reconocimiento. En ese desfase se articula una espera, con frecuencia signada por la falta de respuestas, en un umbral definido por la violencia y la omisión institucional.

La instalación se desarrolla a partir de la experiencia del artista en el desierto de Altar, donde vive y trabaja, y donde es codirector del Altar Centro de Investigación. Este territorio constituye un espacio marcado por tiempos lentos y prolongados —tanto físicos como simbólicos—, así como tránsitos acelerados y paso urgente. En este contexto, en el cruce de los tiempos humanos y animales, emergen acciones mínimas —caminatas, encuentros, rastros— que ordenan la operación cotidiana del desierto y el trabajo del artista. La disposición de los elementos en La espera —una mariposa, la réplica de dos muelas y una silla de madera— establece una relación entre materiales con ritmos distintos de desgaste y resistencia, y activa un diálogo entre los tiempos de espera de cada proceso y un territorio en tensión constante.

La obra reflexiona sobre cómo la memoria se encarna en los objetos y reconfiguraciones arrancadas de su tiempo, lugar y continuidad diacrónica, pero que conservan una carga temporal propia. En este sentido, la réplica de las dos muelas no opera únicamente como copia, sino como un gesto inscrito en una temporalidad marcada por el abandono y la distancia: una temporalidad discontinua, casi teatral, que se vuelve visible cuando algo la interrumpe. La silla, hecha de una fusión orgánica de árboles de palo fierro y mezquite —dos de las maderas más densas y resistentes del mundo, endémicas del desierto de Sonora— tardará siglos en descomponerse, mientras la mariposa continúa su ciclo. Los tres elementos producen un equilibrio propio de las condiciones de vida en el desierto de Sonora.

Iluminada como un estudio forense o como un set, La espera puede observarse desde fuera: desde una mirada no contaminada que registra una violencia que se ha impuesto como parte del paisaje.

(Texto de Lena Solà Nogué)