¿Cómo empezar? Podía, por ejemplo, comenzar con un pensamiento al que estoy apegado: “El arte de escuchar a veces te premia con la aparición de ideas en las que uno no se reconocía”, viene esto a propósito de un verso del poema ¿Dónde está el poeta? de John Keats que leí (escuché) y que dice que “entre un mono y Platón el hombre puede ser”. Recuerdo qué, al instante, pensé en Rotpeter y en el camino que me llevó a él. ¿Quién es Rotpeter? Kafka le imaginó en Informe para una academia como el mono protagonista y al que yo he dedicado el trabajo Lo habéis jodido todo. (Discurso para salir de la academia). Una obra de grandes dimensiones (única en la que ha existido un boceto previo), que solo dándole la escala justa tomaba el sentido pretendido y que de algún modo define el íntimo pensamiento de ésta exposición. Si tienes una buena idea y puedes hacerla, ¡hazla! suelo decirme, y así, el pequeño boceto hizo vislumbrar mi mente entremezclando textos, manchas e imágenes que juguetearon hasta terminar como nubes navegando en mi propio entusiasmo.
En esta serie de grafitos, carbones y acuarelas, el énfasis en el debate entre la angustia humana, los implacables y sombríos pensamientos (no bellos) que habitan aquí y allá, se suelen enfrentar a la honda calma que nos muestra el sueño (no soñado) de la sabiduría, “El hombre más sabio del mundo”, y así, hacer que lo sutil apague a lo evidente al dejar vagar a la imaginación surgida de unas ideas, a veces resplandecientes, otras angustiosas, en una suerte de cautela (no silenciosa), me hace gritar ¡Fuera!, a todo lo acostumbrado.
En Se ruega silencio termino, sin pretenderlo, contando los secretos de mi imaginación, unas veces en forma de murmullo, otras de forma silenciosa, como máscaras calladas (que no mudas), “La soledad era esto”.
A menudo, hacer convivir las palabras escritas con el silencio, te hace recuperar la libertad, no para reproducir la realidad de las cosas que me son más cercanas, sino para recrearlas vertiendo palabras en un espacio blanco (que no vacío), dando sentido así, a nuevos pensamientos, a imágenes recién aprendidas que surgen en mi mente. La memoria tiende a seleccionar y es un misterio qué es lo que la impulsa a ello. Mientras va cuajando el silencio, no hay mejor manera de romper la calma en una noche de errantes ensoñaciones, que tirar un cohete que explote como un fuego artificial, aún a riesgo de despeñarse cuando la efímera luz desaparezca y quede una oscuridad (no alimentada) de negros profundos, “La idiotez”, en la que lo efímero termina entretejiéndose con lo infinito, “La posteridad o el olvido que seremos”. De ese modo, el blanco originario del papel se convierte en el campo de un fecundo reencuentro de lo nuevo, casi en un fervor creativo, con los recovecos existentes en mis pensamientos que creía perdidos y olvidados, y que, al fin, se metamorfosean en imágenes aparentemente absurdas a la vez que vehementes y de honda serenidad, como el dolor de unas espinas calmado por un recuerdo en “30 años antes fueron uña y carne”.
El blanco y el negro, son cómplices en esta exposición y en la historia que la define. “El arte está muerto”, es un buen ejemplo.
Si este texto es también una historia, entonces podré decir que tuve un sueño. A veces, lo que un instante antes no existía, aparecen por sorpresa ensoñaciones íntimas en las que quedo atrapado, como esos duermevelas que te hacen hervir la sangre cuando desvelado, intentas deshacer lo soñado (sabiendo que nunca son sueños ociosos) y no lo recuerdas. Ahí impera el sutil influjo del silencio en una suerte de espesura suspendida, hasta que, por arte de magia, surge un placer inigualable cuando aparece la imagen de altas pilas de libros y sobre ellas la intensa negrura de una pantera, “Rilke amigo de los enigmas”.
Se puede estar cuerdo y loco a la vez (pienso que es un modelo intelectual cercano al artista), “Una familia singular”, y es entonces, cuando la inspiración y la locura actúan como diques de contención contra la vulgaridad y la mentira, poniéndolas en entredicho al enfrentarla al placer inigualable de sumergirse en lo extrañado y a la vez, a esas formas (a veces irónicas) que de tanto ver y mirar, como un pacto secreto con lo aprendido, se convierten en visión y mirada.
Ya que tengo presente a Keats, termino este texto con el último verso de su poema Oda sobre una urna griega. “La belleza es verdad, la verdad es belleza”.
(Texto de Eduardo Gruber. Santander, diciembre de 2025)










