Para una de cada diez mujeres, el Mal tiene nombre, aunque lo más probable es que ella nunca lo sepa. “Endometriosis”, llama la ginecología al pulpo de tentáculos ardientes y filudos que crece adentro del cuerpo femenino con la intención de tragárselo de un tirón, como si quisiera darle vuelta del revés. En una de cada diez mujeres el Mal habita, pero la suerte puede ser peor. Si la Endometriosis apellida “Profunda”, un tirabuzón de fuego taladra a la mujer de adentro hacia afuera, mientras ella yace inmóvil y muda, a puro instinto animal.

La Endometriosis invade los rincones más sagrados de la intimidad de una mujer. Seguramente por ello, la llaman “enfermedad silenciosa”, porque las mujeres procuramos no hablar de estos temas en público, quizá porque nunca comprenderemos que esa zona de nuestro cuerpo sea capaz de albergar tanto dolor sin darnos una vida como recompensa. La Endometriosis no permite que una mujer conciba y el dolor que ocasiona es como un compañero maldito, un grillete que el demonio la obliga a arrastrar. La Endometriosis puede tomar toda la zona ginecológica, pero cuando es Profunda, puede apoderarse de intestinos, vejiga, riñones, o de lo que le dé la gana, hasta los pulmones y el corazón. La Endometriosis Profunda arde, quema, clava, empuja, empuña.

“Enfermedad benigna”, también la llaman porque no es cáncer, aunque opera igualito y hasta tiene cuatro grados, como él. Ella mata de dolor, nada más, es benigna, una tontería de mujeres exageradas. Los especialistas en Endometriosis son poquísimos en el mundo y los especialistas en Endometriosis Profunda son menos. Si esta enfermedad atacara el sistema reproductor masculino e inutilizara a los hombres, el mundo estaría lleno de especialistas, los instrumentos para combatirla serían material obligatorio en cualquier hospital público y la cirugía sería accesible para todos.

Pero sólo ataca a mujeres y por eso es diferente, y como no hay una medicina que la cure con certeza, es decir, no hay laboratorio que pueda lucrar con ella, a nadie le importa lo que diga o calle una de cada diez mujeres de la tierra, una de cada diez de todas las razas, credos y estratos. Una de cada diez mujeres es un montón de mujeres. Millones de mujeres, en este momento, yacen mudas, rezando, las que creen, y esperando, las que no creen, que el dolor pase. Quizá pase, pero de que vuelve, vuelve.

La Endometriosis se anuncia desde las primeras reglas de una niña y lo hace con dolor que no necesariamente viene sólo los días del periodo. Si su hija tiene reglas demasiado dolorosas, algo está mal. Si la Endometriosis se detecta a tiempo, puede controlarse, o por lo menos, se puede hacer el intento. Si usted ha tenido Endometriosis alguna vez, no crea jamás que la ha vencido, hágase una ecografía exhaustiva por lo menos una vez al año, porque ella puede revivir, aunque usted crea que ha muerto. La Endometriosis puede resucitar, aunque usted no tenga útero, ni, por ende, endometrio, parece mentira, pero un buen médico, de los poquísimos que lo saben, le dirá que es así.

En la web de la Organización Mundial de la Salud, a propósito de la Endometriosis, se puede leer lo siguiente: “Es importante diagnosticar tempranamente la endometriosis y empezar un tratamiento eficaz, pero en muchos lugares, como los países de ingresos bajos y medianos, la población tiene poco acceso a estos servicios”. Esta frase evidencia vergonzosamente lo poco que se ha estudiado a la Endometriosis, porque ni la OMS sabe de lo que habla y por eso se atreve a ponerlo por escrito. Durante los cuatro años que viví en España, cuando tuve que hacerme una revisión de control, fue necesario viajar desde Cantabria hasta Barcelona para que un especialista en Endometriosis Profunda me revisara. España está catalogada como un país “de ingresos altos” y allí, de acuerdo a opiniones bien informadas, sólo hay cuatro médicos capaces de enfrentar a un demonio de ese tamaño, cuatro exorcistas en un país “de ingresos altos”. Y en Italia, que yo sepa, hay uno y es famosísimo.

En mi país, el Perú, pasó algo mucho más vergonzoso que la afirmación de la OMS: hace pocos años, el Congreso de la República dio una ley contra la Endometriosis. Cuando me enteré, me pregunté ¿por qué mejor no declaran a la Endometriosis enemiga de la patria y la meten presa?, y una tristeza infinita me tumbó. La ley afirma tener como objetivo “promover el acceso al diagnóstico y tratamiento temprano”, y la Endometriosis anda muerta de miedo porque los demonios serán demonios, pero respetan las leyes. Demagogia pura de nuestros países de realidad irreal, demagogia política a cuyos pregones se unieron unos cuantos titulados en medicina con necesidad de publicidad y dos o tres feministas ruidosas, demagogia a gritos, mientras una de cada diez peruanas yace inmóvil y muda, a puro instinto animal, porque un tirabuzón de fuego taladra su cuerpo de adentro hacia afuera.

Lo que la OMS, el Perú y todos los países del mundo deben hacer es promover la formación de médicos capaces de rescatar a las mujeres de las garras del demonio. Lo que la OMS y todos los países del mundo deben hacer es asegurarse de que los poquísimos especialistas tengan sucesores. Lo que la OMS y todos los países del mundo deben hacer es dejar de tratar a las mujeres como si fueran enciclopedias de dos patas. Pero la Endometriosis no ataca a los hombres, sólo a las mujeres y no las mata, sólo las mata de dolor y nada más, es benigna, una tontería de mujeres exageradas.

He contado mi experiencia con la Endometriosis muchas veces y en muchas plataformas, como una impúdica descocada o un loco que grita una verdad al vacío. Esta enfermedad es el Mal que estuvo a punto de vencerme varias veces. Soy afortunada, hace años que dejé de yacer inmóvil y muda, y por eso, ahora grito su nombre espantoso. La Endometriosis no es benigna y debe dejar de llamarse “enfermedad silenciosa”. Matar de dolor es matar.