Al leer el singular título en la entrada del museo de esta exhibición de arte contemporáneo: «Sombra de sombra en la sombra» y entablar conjeturas liminares para interiorizar mi reflexión, se me clavó en el recuerdo una frase de Jung acerca de los conflictos de la psique humana:

Cuando nos sentimos atacados sin razón, cuando nos atrae o nos molesta exageradamente algo de alguien, estamos viendo la proyección de nuestra propia «sombra».

No dejé de sentir —a pesar de que lo visto anclaba en la profundidad de mi lectura acerca de lo exhibido—, pues persistía una visión de lo oscuro y tenebroso que se me metía hasta el tuétano de los huesos.

Propuesta y andamiaje

Participan la artista española Teresa Correa, su coterráneo el curador Adonay Bemúdez, y el maestro costarricense Rafael Ottón Solís, gestado por el colectivo MacroArteContemporáneo. Se trata de una intervención en las Salas Sur del edificio que otrora fuera Cuartel de Bella Vista, desde donde se avista gran parte del casco central de la capital San José —un espacio de enorme trascendencia para la cultura nacional—, lo cual me sumió en una cavilación imprecisa y hasta incómoda, que clamaba por ser abordada e intentar esclarecer.

Cuando la praxis contemporánea asimila el arte del pasado mesoamericano, y lo mirado es contemplado desde una perspectiva, quizás ajena, de aquello por lo cual advierto un sincero respeto por ser arte del ancestral originario y la cultura local, detenerme ante ese muro me desestabiliza y provoca vértigo.

Estos objetos expuestos fueron parte de sus vidas, de sus creencias y sobre manera conllevan el significado de la muerte como un borde de la vida; son artefactos de culto a quien retornaba al seno de la madre tierra, en un ritual donde prevalecían los cantos, danzas, gastronomía y ofrendas como componentes de la noción de cultura, no colonial, con raíces remotas en el seno del continente Abya Yalá.

Cabe en este borde referenciar el pensamiento del joven crítico de arte el nicaragüense Yasser (Ixba) Salamanca, quien publicó en la revista Meer, agosto 2024, «Filosofía en la tierra desnuda. El monstruo moderno ante la filosofía latinoamericana».

Periodista, cantautor y crítico, Salamanca Sunsín aporta respecto al pensamiento filosófico local, que fue gestado después de la conquista, fundamentando lo que en el siglo XIX nuestros intelectuales latinoamericanos nutrieran, pero relegando la percepción del mundo indígena, por ser considerada mítica y fuera de lo racional. Por ello asevera:

De este modo se adopta en Latinoamérica un conocimiento ajeno, en el sentido que este no se origina a partir de la experiencia, interacción y cuestionamientos de nuestras sociedades y su pasado milenario, sino de la experimentación que procede del desarrollo, sometimiento y expansión de Europa hacia el nuevo territorio (Salamanca, 2024).

Dispara en las sombras la percepción que ya Virginia Pérez-Ratton y Tamara Díaz Bringas adelantaran en «Estrecho Dudoso», 2006, respecto a «límites, rutas intangibles, tráficos y noticias del filibustero». Entonces, al interior de esta inflexión, me cuestiono ¿por qué volver a someter lo más esencial del arte de nuestros ancestros locales a otra perspectiva eurocéntrica? Yo digo lo que pienso: mi crítica no va dirigida a la artista ni al curador, fueron invitados a esta quisquillosa trama de confrontaciones culturales que inflaman el vientre del mundo hoy.

Ritual y poética del arte originario

Enmarca un sitial de contemplación de la materia origen: la tierra, que guarda un significado de sagrado. De ahí que la sombra con las sombras arrojadas por este arte en las paredes del mismo museo —con su propia carga de memoria— atañen a la conformación social y cultural del pasado costarricense, centroamericano y hasta mesoamericano. Desde la estética importa cómo se muestran los objetos y aspectos museográficos que observan un tratamiento distinto al de montar cualquier otra forma de arte, o, con mayor razón, al arte contemporáneo. Desde este punto de anclaje lo mostrado en el Museo Nacional es vivo, refinado, exquisito.

Lapso introspectivo y azaroso

Por lo general, cuando traspaso el umbral de este museo, subiendo por aquella rampa del jardín de las mariposas, me dejo engullir por una mirada en retrospectiva del tiempo anclándome en mi edad escolar, cuando un día de tantos, significativo por mi propio origen rural nos llevaran a este espacio de la memoria, a contemplar los orígenes de nuestra cultura con el arte de los antepasados. Fue de un impacto tal que me sumió en la poquedad de mi consciencia en la interrogante de ¿qué eran aquellas enormes piedras labradas con figuras, y quizás en ese instante me parecieron demoniacas, pero fortalecieron que lo visto en esos instantes era arte, arte de este país, región, continente, y mis maestros aclaraban con esa visita que ese arte implicaba respeto.

Por otro aclaro que, la serie de Mayincas (de la cual soy cocurador junto con Rolando Castellón), muestras que observan y exaltan el arte originario, procede de una mirada entre nosotros mismos. Ahí está la esencia del aprendizaje ancestral, nuestros antepasados no viajaban a formarse a universidades extranjeras como lo hacemos ahora; ellos se miraban a sí mismos trabajando, creando, mirando aquel lenguaje que deducían de su entorno bio/cultural.

Ahora, ¿qué tiene que ver esta introspección con lo expuesto por Correa y Solís? y ¿qué cala esta inflexión con el valor de la exposición en el Museo Nacional con la situación de la cultura hoy?

Solís, de quien desde los años noventa del siglo pasado se le reconoce el uso de la piedra bola de río, genera puntos de quiebre para reconocer la identidad originaria en el arte de la lítica: altar, ritual, calzada. Evoco aquella importante instalación en el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC) con un ruedo de piedra bola de río repleto de maíz, semillas de la agricultura vernácula tan presente en muchas facetas de Mesoamérica, relacionado también al poeta Jorge Debravo, con otra de sus poesías cuando habla de esta faceta de la alimentación en el continente, y que nos recuerda además el Popol Vuh, libro sagrado del Quiché maya.

Una vez más asoman en su obra estos elementos matéricos que impelen a reflexionar en La noche de los mayas, instalación con maderos, piedras y maíz expuesta en «Mesoamérica Tierra de Huellas» en el MADC, curada por Illimani de los Andes y LFQ, aún en programación hasta el 15 de julio de 2024.

El artista Solís, para la presente propuesta en el Museo Nacional titulada Diálogos con el silencio, 2024, viajó hasta el valle del Grande de Térraba al pie de la cima del Chirripó, cordillera de Talamanca, cueva donde nacen las aguas en aquel útero del mundo, para colectar en persona las piedras precisamente evocando la finca del mismo nombre en la zona de confluencia de este río con el Sierpe.

Refiero a estos datos geográficos en tanto — aunque el curador ni los artistas presentaran mapas— en el arte de hoy son en suma esclarecedores, cuando trazan hitos o recorridos por donde gravita la historia de la cultura de esta parte del planeta, y mucho de la teoría de lo contemporáneo se devela en estos.

Sombra/oscuridad

Entonces, me dije: los cuerpos poseen dos sombras según sea la fuente de luz, la propia y la arrojada, aunque también hay focos que provocan muchas más.

En otra dimensión de este asunto —en lo simbólico—, la sombra se proyecta en el no-tiempo, en el no-espacio o no-lugar como es el museo (recordando la teoría de Marc Auge en la coyuntura entre dos siglos), pero late la sombra psicológica o emocional, que es muy vibrante, la paranormal y la interior, que es de cada persona abarcando los acantilados cerebrales de nuestra identidad terrestre, u otra que podríamos llamar virtual disparada hacia todas las direcciones del confín incluyendo el arriba y el abajo que, en la cosmovisión originaria, reimaginan a la gran Ceiba pentandra como noción del supra e inframundo.

Hay algo, además, que me gusta de esta muestra, y es apropiarse, para importar la poética curatorial, de un verso del turrialbeño Jorge Debravo, con lo cual el curador Bemúdez devela el enigma tratado:

«Sombra de sombra en la sombra» dialoga sobre origen, sobre memoria y vestigios, sobre conocimiento limítrofe, sobre la necesidad de visibilizar una amalgama de relatos e imágenes que nos permitan entender mejor el mundo en que vivimos y, por ende, comprendernos mejor a nosotros mismos… (Bemúdez, texto de pared).

Lo expuesto

Existen muchos matices por examinar, además de la impecable instalación de la calzada Diálogo con el silencio, de Rafael Ottón Solís, y El caracol, 2024, aquella espiral de ladrillos que se engulle a sí misma como la cascabel muda, o cualquier otra víbora. De manera que aparece esa otra sombra, la del miedo, del terror por su venenosa ponzoña que también llaman en la jerga popular «pitón».

En Cosmogonía, 2024, Teresa Correa instala objetos originarios en lítica, con una lectura en lengua maleku (una de las siete lenguas originarias actuales que habitan los estuarios fronterizos del norte que bordean Costa Rica y Nicaragua). Me evocó de alguna manera la instalación sonora Voces indígenas, 2015, curada por Alfons Hug en el pabellón del IILA de la Bienal de Venecia; pero que demuestra sus particularidades en cuanto a la selección de artistas en tanto fueron voces «blancas» cuando pudieron ser invitados a la bienal a los mismos indígenas que pronunciaban aquellas vocales y consonantes de sus lenguas nativas.

Quizás mi discurso pareciera desafiar la impostación hablante de esta propuesta de Teresa Correa para una de las Salas Sur del Museo Nacional en particular, pero es el abordaje recurrente en la obra de esta artista española que acude a esas paradojas que hoy subvierten lo esperado en la exhibición y que procedo a analizar.

La sombra del mercado global

Hay una o muchas sombras arrojadas por las fotografías al ser impresas en seda expuestas por Correa, Serie almacenes, archivos y depósitos de museos, 2024, (en tanto arrojan mi propia sombra —según Jung—, pues me inquieta o quizás hiere mi sensibilidad). La artista visitó los archivos o fondos culturales de los museos en sus acopios, donde guardan las piezas en anaqueles; pero esto es una comba que arroja un signo acucioso, el cual traspasa el espectro de contemplación de lo patrimonial, pues me parecen frigoríficos de supermercados.

Los escaparates comerciales, son una sombra perversa de transculturización ante un arte que —en aquella visión— es visto como mercancía lo que para nosotros los locales vemos como el alma propia de nuestra cultura y origen, en tanto que nosotros no visitamos bodegas, vamos a los museos a apreciar otro carácter museográfico de la memoria.

Volviendo a la crítica de Salamanca con la cual concluye su texto en Meer, ponderando la filosofía decolonial:

… permitiéndonos finalmente reconocer un avance sustancial en el pensamiento filosófico identificado con Latinoamérica, dado a que ahora este se nutre directa o indirectamente, de acontecimientos que reconstruyen fragmentos de nuestra realidad ancestral, lo cual nos permite una noción más consistente en el análisis de nuestra historia y la construcción del mundo, posibilitando que las teorías conlleven un ejercicio transformador en la organización social de nuestros pueblos (Salamanca, 2024).

Para dejar abierto o quizás cerrado el signo de interrogación en el pensamiento del lector, con otro verso de Debravo, esta vez titulado Desde la sombra y que vuelve significativa la paradoja de esta reflexión crítica y que atañe además a la calzada Diálogo del silencio de Rafael Ottón Solís:

Bajo la sombra no sabemos
Si el camino se marcha o si regresa.

Traspasé con una mirada-puñal la pantalla de la memoria histórica-cultural, cuando queda herida nuestra sensibilidad, al ser expoliado lo sagrado de un territorio como el de lo vernáculo ancestral, y sus codiciadas sedas hoy tan asediadas por el nuevo filibusterismo que antepone la publicidad y el mercadeo, enemigos subversivos tan arraigados en los dominios actuales de la competencia y la cultura global.