La lucha era feroz. Se trataba de llegar primero y obtener el premio. Investigadores de varios países poderosos sabían que la meta estaba cercana, por lo tanto, había que apresurarse. Una semana, un mes, un año podía ser la diferencia para obtener el trofeo.

Personas de tanta fama como Linus Pauling, en el laboratorio del Instituto de Tecnología de California, estaban en la pelea. Si alguien podía triunfar era él. Se sabía que estaba interesado en la molécula del ADN y tenía mucha experiencia con las proteínas complejas.

En Inglaterra se conocía al menos de dos grupos de investigadores que estaban recorriendo la misma senda. Por un lado, un tímido neozelandés de nombre Maurice Wilkins, procedente de la misma tierra que había visto nacer al gran físico Rutherford. Perteneciente Wilkins al laboratorio de biofísica del Kings College de Londres, utilizando la difracción de los rayos X, se encontraba igualmente estudiando el ADN en el timo y en el esperma de carnero. Originalmente estudió y se dedicó a la física, pero al cabo de un tiempo, su interés viró a la biología. Soñaba con desentrañar uno de los grandes misterios de la biología.

Por otra parte, en el renombrado Laboratorio Cavendish de Cambridge, un físico y biólogo molecular inglés de nombre Francis H. Crick, que trabajaba en un grupo cuyo jefe más conocido era el refugiado Max Perutz, científico de alta alcurnia nacido en Austria y que había huido de Alemania cuando comenzaron las persecuciones, también estaba en búsqueda del santo grial de la biología. Además, allí se encontraba Kendrew, que estudiaba las macromoléculas y en particular la del ADN.

Otro personaje, un jovencísimo norteamericano, con estudios en biología, genética y zoología, de nombre James Watson, quien se hallaba en Europa realizando estudios de posgrado, de semejante manera se encontraba muy interesado en el ácido desoxirribonucleico. Quizás de todos los mencionados anteriormente, por su formación de biólogo, era el que más reconocía la importancia de desentrañar los secretos del ADN.

Estando en Nápoles asistió a una conferencia que dictaba Maurice Wilkins, al que no conocía. Al final, este mostró una fotografía de ADN captada por difracción de rayos X. El público no mostró entusiasmo alguno, «pero Watson se quedó al instante fascinado» (Siddhartha Mukherjee). Watson, que para ese entonces se encontraba haciendo estudios en Copenhague, solicitó de inmediato que lo trasladaran al laboratorio de Perutz en Cambridge, en donde sabía que podría conocer más de esas imágenes fabulosas. Estaba decidido a «descubrir la estructura del ADN, la piedra de Rosetta que permitiese descifrar el verdadero secreto de la vida» (Mukherjee).

De esta manera, tres grandes instituciones mundiales de la investigación estaban trabajando con el mismo propósito. La molécula que contenía la información genética debía ser conocida en su composición. El laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, el Instituto de Tecnología de California y el Kings College de Londres (José L. Fresquet Febret).

El cuarto personaje del grupo que sería fundamental para descifrar la estructura de ADN, se enfocaba en mejorar cada día más sus excelente fotografías por disfracción de rayos X, pero no quería compartir su trabajo con Wilkins. Era una mujer joven, de cabello negro, de cara agraciada, aunque siempre mostraba extrema seriedad. Tenía unos ojos penetrantes como un escalpelo. Desde un principio se había llevado mal con su compañero. De hecho, Wilkins originalmente pensó que le habían nombrado una asistente, pero pronto se dio cuenta de su error. La recién llegada impuso su personalidad desde un principio y cada quien prácticamente trabajó por su cuenta. Las preparaciones de ADN de Wilkins dejaban mucho que desear, lo contrario de lo que sucedía con las de su compañera. Cuando le tocó a Rosalind dar una charla en su recinto académico, entre los asistente estaba Watson, quien había sido invitado por Wilkins. Cuando la investigadora presentó sus fotografías de ADN, Watson sintió algo semejante a una epifanía. Ahora tenía claro cómo debían construir el modelo. Al día siguiente, le contó a su compañero Crick lo que había visto y dado que faltaban detalles, decidieron hacer una visita conjunta para indagar más sobre los trabajos que estaba realizando esa enigmática mujer. Poco sabían de ella a no ser su nombre. Rosalind Franklin.

Sus primeros años

Nació en Londres un 25 de julio de 1920, hija de una acaudalada familia anglo-judía. Su padre, Ellis Franklin era socio de importantes banqueros y publicistas. De joven Ellis quiso ser científico, pero la Primera Guerra Mundial se interpuso y finalmente se decantó por los negocios. Su madre de nombre Muriel Walley venía también de una importante familia judía que había proporcionado al país, importantes figuras políticas, intelectuales y docentes. Rosalind fue la segunda de cinco hijos. La primaria la hizo al principio en una escuela mixta y luego en una para señoritas en Sussex. Cuando tenía once años pasó a estudiar en la St. Paul s School, para jóvenes adolescentes, en donde la prioridad era preparar a las alumnas para seguir carreras universitarias. Pronto se distinguió en el estudio de las matemáticas y las ciencias en general. También demostró aptitud para los idiomas, especialmente el francés, el italiano y el alemán, lenguas que dominaría bastante bien en el transcurso de su existencia, especialmente el francés.

Cuando tenía 16 años, entró a estudiar a la universidad de Cambridge en una de las dos facultades que había para mujeres. Se graduó en química y física. Tuvo oportunidad de estudiar en el laboratorio Cavendish, en donde conoció a grandes figuras de la ciencia de esos días, entre los que se contaron William Brag hijo, premio Nobel por sus aportes a la cristalografía, a Max Perutz también experto en esta rama de la ciencia y a John Bernal, historiador de la ciencia y también, cristalógrafo, con quien trabajaría años después bajo su mando. Toda esta experiencia, la inició brillantemente en la difracción de los rayos X, y en el transcursos de su vida, la convertiría en una verdadera experta en la materia. En su último año hizo amistad con Adrienne Weil, una científica francesa, refugiada durante la guerra, que había sido discípula de Marie Curie. Años después, terminado el conflicto bélico, tendría de nuevo la oportunidad de compartir con ella, en el largo periodo de tiempo que pasó viviendo en París. Al egresar de Cambridge, recibió una beca para trabajar bajo la dirección de Ronald George Wreyfor Norrish, en el laboratorio de Física y Química, pero nunca consideró exitosa esta pasantía.

Era la época de la Segunda Guerra Mundial y Rosalind prestó servicios como voluntaria vigilante de los ataque aéreos alemanes en los ratos que tenía libre, ya que había optado por trabajar como investigadora asociada a un proyecto que optaba a un doctorado y que gozaba de la simpatía de la Secretaria de Guerra, ya que se trataba de una asociación que investigaba los usos del carbón. Allí permaneció cuatro años en los que realizó brillantes descubrimientos para la clasificación de los carbones y poder predecir su comportamiento con un alto grado de precisión. En 1945, la universidad de Cambridge le otorgó el PhD y pudo escribir y publicar cinco trabajos científicos.

Terminada la guerra, su amiga Adrienne Weil la ayudó a conseguir un trabajo en el Laboratorio Central de Servicios Químicos en París. Allí continuó y amplió sus trabajos sobre el carbón, lo que al poco tiempo le hizo ganar fama internacional entre los expertos químicos de este mineral. También perfeccionó sus técnicas de cristalografía, ya que pudo aprender a utilizar las mismas en sustancias que no eran cristales, sino orgánicas. Durante esa etapa feliz, en que vivió lejos de la mirada atenta y escudriñadora de la familia, publicó una decena de trabajos. Gustó de la camaradería francesa e hizo una legión de amigos. Pero tenía que regresar a Inglaterra y así lo hizo.

En un principio, su amigo Charles Coulson, también científico, le sugirió dedicar su amplio conocimiento en la difracción de los rayos X, al estudio de las macromoléculas biológicas. Le hizo caso y así obtuvo la beca Turner-Newal, lo que le permitió acceder durante tres años a la Unidad de Biofísica del Kings College de la Universidad de Londres, que dirigía para ese entonces John T Randall, reconocido durante la guerra por sus aportes al mejoramiento del radar. Allí trabajaba también Maurice Wilkins y ya detallamos su encuentro con Rosalind y las malas relaciones que, desdichadamente se establecieron entre ambos. Randall, el jefe de ambos, no supo nunca delimitar bien las funciones y colaboración entre sí que tenían que tener los dos científicos y así, cada uno marchó por su lado. Rosalind en ese momento, tuvo solamente de apoyo a Raymond Gosling, un estudiante de posgrado, con el que pudo realizar excelentes fotos del ADN mediante la técnica de difracción de rayos X. Una de ellas, la denominada No 51 figura entre las más célebres de la historia, por lo que la misma representó en el descubrimiento de la estructura del AD. Es la misma época durante la cual, Rosalind descubre que había dos formas de estado de dicha molécula, la A, seca o deshidratada y la B húmeda o hidratada.

De acuerdo a la forma que se utilizaba, se lograba diferentes cuadros. Randall en vez de ordenar que trabajaran conjuntamente, asignó a Wilkins la B y la A a Rosalind. Ella se dio cuenta que las fibras húmedas de ADN tenían probablemente forma helicoidal, pero cuando quiso probarlo con la forma A (seca) le fue imposible demostrarlo con el análisis matemático (Profiles in science).

Rosalind presentó su investigación en una conferencia en el Kings College y entre los asistentes se encontraba James Watson. Aunque él, en su libro La doble hélice, escrito varios años después, admite que no le prestó mucha atención a lo que decía Rosalind, lo cierto es que de inmediato se lo comunicó a su compañero Francis Crick. Ambos, posteriormente se dirigieron a buscar a Wilkins, quien muy solícito, al no estar presente Franklin, les abrió el escritorio donde ella guardaba sus fotografías., en especial la famosa número 51. Tanto Watson como Crick se dieron cuenta que lo mostrado, demostraba la estructura en tres dimensiones que ellos habían teorizado debía tener el ADN. Se dice que también tuvieron acceso, sin que lo supiera Franklin, a un informe que ella había redactado para Randall. Nunca Watson y Crick le dijeron a Rosalind que habían visto su trabajo.

Lo demás es historia. En ese año de 1953 salieron publicados en el mismo número de la prestigiosa revista científica Nature tres artículos fundamentales. El primero firmado por Watson y Crick, en el que se describe la estructura del ADN, el segundo por Wilkins y Wilson y el tercero por Franklin y Gosling. Este último tuvo por título: Configuración molecular en el timonucleato sódico, y allí aparecía una fotografía totalmente «nítida y definida de desoxirribonucleico sódico de timo de ternera, estructura B» (José Fresquet F.). De los tres, el primero fue el que corrió con mayor suerte y obtuvo mayor fama.

Ya por esa época, Franklin había decidido abandonar el Kings College y logró la transferencia de su trabajo al laboratorio de cristalografía de J.D.Bernal en el Birkbeck College. Allí volcó su interés por la estructura de los virus de las plantas, particularmente el virus del mosaico del tabaco. En esa institución colaboró con Aaron Klug, quien en los ochenta ganaría el premio Noble de química. En 1955 Rosalind publicó en Nature el resultado de esos estudios, demostrando que la cobertura estaba formada por proteínas que se acomodaban en forme hélica. Colaboró con otros importantes virólogos y su nombre se hizo conocido entre esos especialistas. Realizó dos visitas a Estados Unidos, en 1954 y 1956, en donde ya tenía una red de contactos científicos. En la última de ellas, después de una práctica de montañismo, deporte a la que era muy aficionada, sintió un fuerte dolor abdominal, que apresuró su regreso a Inglaterra. Fue vista por su médico y especialistas que diagnosticaron un cáncer de ovario. En los 18 meses siguientes, fue intervenida quirúrgicamente varias veces y recibió otros tratamientos. En los periodos de remisión de su enfermedad, siguió trabajando, pero al final, la muerte la venció. El 16 de abril de 1958 expiraba en Londres. En ese momento contaba con 37 años de edad y 16 los había dedicado al trabajo científico. Había publicado 19 artículos sobre el carbón, 5 acerca del ADN y 21 sobre virus. En sus últimos años era invitada con frecuencia a participar como conferencista y de haber continuado con vida, no cabe duda que sus trabajos sobre virus, le habrían permitido obtener premios y reconocimientos del mundo entero.

Corolario

Rosalind Franklin fue un rayo fugaz que atravesó e iluminó el cielo de la ciencia durante un breve periodo de tiempo. Cuatro años después de su muerte, el premio Nobel de medicina se le concedía a Watson, Crick y Wilkins, por desentrañar la estructura del ADN. Ninguno mencionó los aportes de Rosalind para obtener dicho logro. Más bien años después, Watson publicó su versión de la historia del famoso descubrimiento en la que había participado, en la cual trataba con desdén y hasta burla, la figura de Franklin. Dijo de ella que era una mujer arrogante, presumida, de mal carácter, que guardaba celosamente la información que obtenía, para que no fuera del conocimiento de sus colegas, aun cuando era incapaz de interpretarla. Inmediatamente muchos personajes, entre ellos Linus Pauling y los mismos Crick y Wilson protestaron del tratamiento que Watson daba a la científica que había dado un aporte importante a la investigación que condujo al otorgamiento del Nobel al mismo Watson, quien posteriormente incluyó un epílogo en su libro, en el que se disculpó, reconociendo la importancia de los trabajos de Rosalind y lo errado de algunos de sus juicios sobre ella.

Con el tiempo aparecieron varias biografías y artículos sobre la vida de Franklin (Profiles in Science) y han variado, entre quienes la consideran una mártir feminista, a quién sus misóginos colegas le hurtaron un premio Nobel, hasta aquellos que valorizan su verdadera dimensión como persona y como científica.