Entro y lo miro todo. Nada pasa desapercibido. Habitan los espacios cotidianos. Siempre están ahí y no dejan de llamar mi atención, aunque llevo tiempo pensando que quizás nunca vemos realmente los objetos en sí: los utilizamos, los cambiamos de sitio, los guardamos, los olvidamos, pero rara vez nos preguntamos qué lugar ocupan en nuestra propia historia.

Vivimos rodeados de cosas. Algunas llegan a nuestras vidas casi sin que nos demos cuenta y permanecen durante años acumulando historias. Objetos aparentemente insignificantes que, sin embargo, pueden contener una vida entera: su valor no está en lo que son, sino en aquello que depositamos en ellos. Dejan de ser materia y se convierten en memoria.

En De objeto a sujeto propongo precisamente esa transformación. El objeto adquiere presencia propia cuando somos capaces de mirarlo más allá de su función y ya no es solo aquello que sirve para algo, sino aquello que significa algo. Me planteo por qué no somos capaces de abandonar algunos de ellos. Quizás porque los objetos no son tan inertes como pensamos. Tal vez simplemente están esperando que alguien los mire de otra manera para empezar a hablar.

(Texto de I.L.)