Tras más de una década en Francia y ocho años de formación en Italia, el artista chileno recala en el Levante español para continuar su investigación pictórica en un retorno consciente hacia lo esencial.
Nació en un pequeño pueblo del sur de Chile llamado Gorbea, en la región austral que Pablo Neruda describiera como el far west de su país. A los pocos meses, la familia del artista chileno Cristian Zurita —conocido posteriormente como Kristian David— se trasladó a Temuco, ciudad levantada sobre territorio del pueblo mapuche, que desde entonces se convirtió en su hogar. Creció en un paisaje marcado por la lluvia, el humo de las chimeneas y el viento. «Mi casa estaba en la última calle de la ciudad; después comenzaba el campo...», recuerda.
Aprendió a leer el cielo y a reconocer los ritmos de la naturaleza mucho antes de saber que su vida estaría ligada a la pintura. Cristian fue niño en un tiempo complejo. Pertenece a la generación conocida como los hijos de Pinochet, criada en un contexto de silencio, represión y tensión social. «En ese contexto —recuerda— el arte no era una posibilidad evidente, y llegar a él fue casi una casualidad, una especie de broma del destino».
Comenzó su formación artística en la escuela de arte de Temuco, donde descubrió la pintura en un ambiente bohemio y creativo que emergía tras el fin de la dictadura. Aquella experiencia marcaría profundamente su relación con el arte y con la sociedad. Posteriormente se desplazó a Santiago para continuar la licenciatura en pintura en la Universidad Católica de Chile, donde fue alumno de los maestros José Balmes y Gracia Barrios. De ellos heredó una comprensión del arte vinculada a la realidad social y su escritura pictórica.
Su traslado a Santiago fue la primera experiencia de migración, algo que posteriormente se transformaría en una constante en su vida. Muy importante fue el apoyo que recibió de la Fundación Juan Pablo II, que le otorgó una beca por excelencia académica, permitiéndole realizar sus estudios y contar con una segunda familia en aquel mundo extraño que representaba para él una ciudad con millones de habitantes.
Al finalizar sus estudios obtuvo el primer premio en la V Bienal Internacional de Arte de la Universidad Católica, reconocimiento que le permitió viajar a París invitado por la Sorbona. Fue su primer contacto directo con los grandes museos europeos y con una dimensión universal del arte que marcaría profundamente su visión futura. Decidió entonces continuar su formación en Europa y en el año 2000 se instaló en Italia para estudiar escenografía en la Accademia di Belle Arti di Bolonia, especializándose en pintura de gran formato para ópera. Allí comprendió la pintura desde otra escala, vinculada al rigor técnico, a la tradición y al trabajo colectivo, entendiendo el espacio, el cuerpo y la luz como parte de una misma experiencia visual.
Desde aquel momento ha trabajado como pintor escenógrafo en producciones de ópera, teatro y danza contemporánea en distintos países europeos, colaborando con instituciones como el Ballet National de Marseille, el colectivo (la) Horde, el Théâtre National de Chaillot, el Teatro Nacional de Génova, el Gran Teatro de Ginebra y el Palais des Festivals de Cannes, entre otros espacios relevantes. Estas experiencias fortalecieron su disciplina y consolidaron una comprensión profunda del oficio.
En Italia permaneció ocho años. Posteriormente regresó brevemente a Chile y volvió luego a Europa, esta vez a Francia, donde continuó su desarrollo creativo, inspirándose en el paisaje de la Provenza y en la multiculturalidad de Marsella.
Reconoce Kristian que está “profundamente marcado por pertenecer a una generación de artistas que construyó su propio universo antes de la irrupción de Internet”. “Esta posición singular, situada en la confluencia de dos épocas, me coloca entre un pasado en el que la creatividad estaba enraizada en la experiencia directa y un presente —y futuro— modelado por tecnologías omnipresentes”.
Y añade: Como espectador y creador dentro de este marco temporal, percibo una oportunidad fundamental. Esta condición me permite reflexionar con distancia y profundidad sobre la evolución del arte y la condición humana, buscando un equilibrio entre la herencia del pasado y las perspectivas que abre el porvenir.
En este contexto surge su serie “Los Hijos del Laberinto (2022–)”, que explora su proceso de creación a través de la INM, adentrándose en territorios del inconsciente y proponiendo una reconexión con lo humano frente a la saturación visual del mundo contemporáneo.
Para el artista, la pintura «es una herramienta necesaria para comprender el mundo». La imaginación es un acto de presencia y una forma de resistencia. Volver al gesto, al cuerpo y a la naturaleza es hoy un acto profundamente contemporáneo». En esta línea, encuentra afinidad con el pensamiento de Antonin Artaud, quien escribió: «O retrotraemos todas las artes a una actitud y una necesidad centrales, o debemos dejar de pintar, de gritar, de escribir o de hacer cualquier otra cosa».
¿Qué papel juega el arte en el momento actual?
Creo que el arte ha jugado siempre un mismo papel, independientemente de su tiempo: ser un reflejo del ser humano y de la sociedad en la que vive. Vivimos constantes ciclos, auges y caídas, pequeños grupos capaces de influir en las mayorías, historias escritas por vencedores sobre vencidos. En el momento actual, saturado de imágenes, estímulos y discursos amplificados por estructuras de poder que encuentran en internet una herramienta sin precedentes, el arte debe afirmarse como un espacio de resistencia del intelecto, de la reflexión y del humanismo. También como un retorno al saper fare, como dicen los italianos, es decir, al conocimiento profundo del oficio y de la tradición.
Desde la perspectiva de la INM, el arte no debe limitarse a caer en el simplismo de producir imágenes bellas o correctas para un público ávido de consumo y entretenimiento, sino que debe declararse como un acto de presencia que restablece una relación profunda con la naturaleza, el inconsciente y la sociedad.
¿El arte como objetivo vital?
Para mí, el arte no es solo una profesión ni una actividad intelectual: es un estado lúcido del ser humano, una forma de comprender y transitar el misterio de la vida. No siempre pensé así; fue una comprensión que se abrió gradualmente a lo largo de años de experiencias en distintos países y ciudades. Ese cambio se manifestó con claridad durante la creación de mi versión teatral de Don Quijote de la Mancha en 2018, donde trabajé como director artístico y escenógrafo. Fue entonces cuando experimenté una serie de sincronías que me hicieron cuestionar la realidad tal como la conocía, despertando a un mundo lleno de máscaras y contradicciones. Esa obra marcó un punto de inflexión en mi vida y en mi manera de entender el arte. Estoy convencido de que en las grandes obras existen estructuras simbólicas capaces de provocar transformaciones profundas. Desde entonces, el arte se convirtió en un estado permanente de observación y búsqueda constante que atraviesa toda la vida.
Háblenos de la Investigación Natural en Movimiento.
La Investigación Natural en Movimiento (INM) es, ante todo, un estado de conciencia: una comunicación permanente con el proceso creativo. No la entiendo como una técnica ni como un método cerrado, sino como una práctica de atención donde la observación y la intuición permiten comprender la creación como un proceso vivo, en diálogo constante con la naturaleza y con la experiencia cotidiana. En el INM, la pintura no se concibe como una imagen preconcebida, sino como un territorio de descubrimiento. La obra se revela progresivamente en el gesto, en el error, en las tensiones y decisiones que surgen en el instante. El cuerpo y la materia participan activamente en ese proceso, transformando el acto de pintar en una experiencia directa y vital cercana al cotidiano. El artista se convierte así en un instrumento sensible, capaz de traducir impulsos interiores en materia visible, haciendo emerger desde el INMvisible imágenes que pertenecen tanto a la memoria individual como a la colectiva.
¿Qué es el INMrealismo?
De ese juego entre realidades e INMrealidades surge lo que llamo INMrealismo: una forma de creación en la que la realidad no se representa, sino que se experimenta y se redescubre. No considero el INM como una invención personal, sino como una condición humana que muchos artistas han habitado antes desde distintas sensibilidades; figuras como Vincent van Gogh o Antonin Artaud pueden entenderse desde esa perspectiva.
El término INM tampoco fue una invención deliberada, sino una manera de dar nombre a este estado del alma. Surgió durante la creación de Super Don Quijote en 2018, en Santiago de Chile, a partir del encuentro de tres artistas que, tras una serie de sincronías compartidas, reconocimos la necesidad de investigar el retorno a nuestra propia naturaleza dentro del movimiento. Fue entonces cuando comprendimos que el acto creativo podía convertirse en una brújula de lucidez para atravesar la incertidumbre del laberinto colectivo, tan cercana a la antigua imagen de la nave de los locos evocada por El Bosco.
¿Y qué nos dice de “El Laberinto”?
El Laberinto es para mí aquel «jardín de senderos que se bifurcan», como lo nombrara magistralmente Borges. Es la realidad que transitamos y generamos a cada momento, construida a partir de cada decisión y cada experiencia. Cada paso abre nuevas posibilidades que se entrecruzan, formando esa red infinita y misteriosa que llamamos existencia. De ahí la importancia del instante presente dentro de la visión INMrealista. Sin embargo, ese laberinto natural se transforma en prisión desde el momento en que nacemos: nos imponen un nombre, nos asignan pertenencias y nos insertan en estructuras que poco a poco levantan muros invisibles a nuestro alrededor.
En ese proceso perdemos el paraíso, no como un lugar físico, sino como una pertenencia profunda a lo universal. Comenzamos entonces a errar en un territorio lleno de límites y fronteras que separan al ser humano de su naturaleza. En este sentido, la INM —esta investigación de la propia naturaleza— encarna la fuerza de aquel Teseo liberador que llevamos dentro, confrontado con nuestro Minotauro interior, cuya muerte simbólica representa el retorno a nuestro origen y la liberación del laberinto: ese reencuentro con la naturaleza profunda del ser humano. El acto creativo se convierte entonces en el hilo de Ariadna que nos devuelve a la cordura.
¿Cómo nace el nombre Kristian David?
Kristian David nace desde la idea de renacimiento. Aparece durante la pandemia, cuando inventaba historias nocturnas para mis hijos. En ellas surgía un personaje que viajaba constantemente en el tiempo, atravesando épocas y civilizaciones —pasado y futuro—, conociendo personajes míticos e históricos y viviendo con ellos innumerables aventuras, para luego regresar a casa antes de la cena, como si lo fantástico y la vida real convivieran en un mismo plano. Con el tiempo, ese personaje dejó de ser solo una narración y comenzó a formar parte de mi vida creativa.
¿Significa de alguna forma una transformación?
También me pertenece porque es parte de mi nombre real —Cristian David—, un nombre que permanecía oculto y que terminó emergiendo como signo de transformación. David se convirtió así en una forma de continuidad, una manera de seguir siendo yo, pero desde otra conciencia. Su consolidación como seudónimo estuvo profundamente ligada a mi compañero y hermano artístico Donalado, uno de los padres de la INM, quien reconocía en esta figura una lucidez distinta, más libre que la de mis antiguos alter ego. Su trágica partida en 2021 marcó un punto de inflexión emocional y creativo, dando lugar a esta nueva identidad como una forma de homenaje y continuidad de nuestro camino común.
Creo que hubo un antes y un después. Quien pintaba antes de la INM era otro. Y quien tomó el relevo y la espada de Teseo para salir del laberinto fue Kristian David. Tal vez mañana lleve otro nombre. Aún no lo sé. Esa posibilidad forma parte de la libertad del artista y del misterio de la Investigación Natural en Movimiento.
El punto final sobre el momento actual de su trayectoria artística lo pone así Kristian David:
Después de mi experiencia francesa, de más de una década, como ave migratoria en constante movimiento y curiosidad, mis alas me trajeron a España, a las tierras de Miguel Hernández, Sorolla, Goya y Picasso, y también de mi maestro José Balmes, chileno de adopción pero catalán de nacimiento. De algún modo, siento que su legado informalista vuelve a su tierra natal, cerrando y abriendo a la vez un ciclo.
Aquí he instalado mi taller, lo más cerca posible de la vida de pueblo, de los naranjos y los tomates, para volver a recorrer los campos a pie, detrás de mi casa, después de un largo viaje. Desde aquí continúo, en el silencio de mis reflexiones, mis grandes cuadros y series: historias de personajes, de máquinas y de fantasmas con máscaras que se cruzan entre el pasado, el presente y el futuro.












