Actualmente, cuando el lenguaje de las artes visuales es instantáneo, digital y efímero, la muestra Portfolio en Vasari rescata el lenguaje de las imágenes del vestir en modo vintage. El sonido del clic de las cámaras fotográficas es el silencio casi perturbador que se percibe en la escena documentada. El recorrido, más sigiloso que nunca, en la muestra de Vasari se percibe necesario y gratificante. Cabe recordar muchos años atrás, en Londres, las palabras de un curador acerca de una exposición de fotos de moda de Cecil Beaton: “En un tiempo de devastación, caos y austeridad, parecería absurdo evocar épocas flamboyantes y suntuosas. En Barbican Art Gallery es todo lo contrario”.
En Buenos Aires, la galería Vasari recupera y considera que la costura admite y tiene varias lecturas, de ahí que eligió imágenes nítidas de los artistas- fotógrafos Annemarie Heinrich, Humberto Rivas y Boleslaw Senderowicz, que hablan del saber vivir y vestir a través de las décadas del 40 al 90. Sus capturas son vitales para registrar tanto a una bella modelo fuera de las pasarelas como en locaciones inesperadas y en la vida cotidiana. Heinrich, Rivas y Senderowicz captaron la luz en lugar del pincel a través de sus cámaras sensibles y alertas a cada puntada de la moda argentina. Lo hicieron a través de locaciones inusuales ya en las revistas de moda habituales, aunque no escatimaron inmiscuirse en los salones elegantes en tono chic.
Annemarie Heinrich, alemana y artista fotógrafa, ya en los años 40 optó por el retrato libre y alegre y captó con su cámara el mundo del espectáculo, en especial a las favoritas del cine nacional. En esos años posaron en su estudio en primer lugar, Delia Garcés, aunque también se sumaron Eva Duarte (quien por entonces daba sus primeros pasos como aspirante a actriz), y las ya consagradas Mirtha Legrand, Zully Moreno, Tilda Thamar y Mercedes Sosa, entre otras. “Gestos y poses, formas de poner el cuerpo y formas que acompañan al retratado, encuadre e iluminación hablan del profesionalismo de Heinrich que encuentra un modo único de cumplir con el oficio y al mismo tiempo, escapar de la imagen adocenada”.
Humberto Rivas, nació en 1959, casi con una cámara Rolleiflex en sus manos y debutó en la galería Lirolay. Su primera muestra en la librería Galatea, nido de la intelectualidad joven que lo siguió en 1962 al Instituto Di Tella donde formó las filas exitosas de Juan Carlos Distéfano. Desarrolló desde entonces influencias de Avedon y Arbus. Visibles en toda su obra de retratos inquietantes y especialmente visibles en la serie del pintor Roberto Aizenberg, donde el lado oscuro del retratado refleja la poética del silencio y de la ausencia, el lado oscuro del personaje. Ya consagrado arty, como retratista se atrevió a transmitir la moda y sus lenguajes a través de la oscuridad absoluta. Y aires surrealistas de “mujeres sin cabeza”. Ni señales de frivolidad habitual en el mundo de la vestimenta. Sus curiosas y potentes imágenes se pueden ver en Vasari, Desde vestuario lúgubre hasta las “flores muertas”, como diría la canción de Jacques Prévert, apreciando los epígrafes de cada fotografía adecuada a los expertos de la fotografía inquietante.
Epígrafes fotos Humberto Rivas:
- Cuello blanco sobre negro, sin cabeza (1992).
- Bordados sobre gris oscuro (1992. Gelatina de plata sobre papel.
- Pechera de vestido (¿1992-, Kenzo?). Con corsage y mangas balón (¿Madame Frou- Frou?).
- Botines sin título, fin de siglo diecinueve abotonados, con ojales hasta la pantorrilla. Taco
carretel bajo. Color negro severo, (¿quizás luto o medioluto?).
- Sin título (1992). Corsage de gasa blanca con bordados florales aplicados sobre organdí
tableado. Cuello alto con aplicaciones que repiten motivos florales exhibido sobre maniquí sin
cabeza.
- Vestido rescatado del desastre de la guerra con corsage probable de raso con mangas
abullonadas desde el hombro con gajos de hojas de alcauciles y puños de puntillas y tules en
las muñecas averiadas. Cinturón que ciñe la falda amplia, probablemente agregada como
testimonio posterior a la catástrofe para vestir a un maniquí sin cabeza que sostiene un
prendedor quizás de época algo menos tenebroso.
- Vestido de raso pesado con corsage bordado con motivos de inspiración botánica en la
delantera. Mangas largas abullonadas y adornadas con cintas de terciopelo negro. Se aplican
también en la falda. Confeccionado en raso gris de medio luto sobre maniquí con cuello alto y
con luz genital que ilumina de blanco el cuello del vestido de mujer sin cabeza.
Nota al pie: Gelatina de plata sobre papel. Copias de época.
Boleslaw Senderowicz (Polonia 1922), llegó a la Argentina junto a sus padres en 1925. Durante la adolescencia decoró vidrieras y diseñó carteles publicitarios para los comercios de su barrio. A los 15 años pagó nueve pesos con noventa centavos por su primera cámara, una Kodak del tipo cajón, y aprendió a usarla mientras despuntaba su interés por el dibujo y las bellas artes, que determinarían un breve paso por la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano. Su estudio, activo desde la década de 1940, formó parte de la profesionalización temprana del medio fotográfico en el marco de la industria cultural, así como de la inserción de la fotografía en el campo de las bellas artes La década de los 50 en la moda argentina ilustrada en las páginas incontables de las revistas mundanas de moda en gran medida reflejan las imágenes de Boleslaw Senderowicz. Este polaco de nacimiento es quien interpreta y registra la moda de la vida diaria en la calle y con igual pasión en varias locaciones inéditas al punto de instalar mannequins en una cancha de fútbol. Corresponde tal vez destacar que su favorita es María Marta Lagarrigue, quien emite glamour y cuotas de ironía y belleza en las páginas de la revista Claudia.
En 1957, sus inicios como fotógrafo de modas para las colecciones de Jacques Dorian señalaron el comienzo en su itinerario en la moda tantas veces aplicada al mundo de la publicidad del que todavía se recuerdan sus huellas en el inicio de Susana Giménez, gozando de una ducha con jabón Cadum, a través de la televisión en colores. Isabel Sarli, Claudia Lapacó y Amelia Bence también fueron centro de su cámara como del manejo brillante de sus fotomontajes y el lenguaje gráfico descubierto por su interés, no solamente de la vida, sino extensiva a colecciones inéditas de la arquitectura moderna. Como cuando en 1958, María Marta Lagarrigue contempla la ciudad desde la terraza del Palacio Barolo vestida con una falda recta y un par de holgados guantes que asoman por debajo de su capa de piel. En 1959, un año más tarde, posó con estilo tricot pre deportivo en el epicentro de la cancha del club River Plate. O bien, sus registros de Beatriz Ciriza al desplazarse con el vestido recto con canesú en polka dots y una chaqueta austera para contemplar al lobo marino que celebra a la rambla de Mar del Plata y también ataviada con un tailleur, una cloche y un par de escarpines con tacones severos (1958 y 1959- ¿Jacques Dorian?), para así saludar a una jirafa del zoológico de Buenos Aires.














