No hay recuerdo. Me refiero a que no hay un objeto que nos vincule con lo sucedido, más allá de la memoria, en ocasiones difusa, extensa y por ello, poco concreta. Cada uno de esos puntos iba combinando diversas formas geométricas. A cada giro, a cada leve movimiento, generaba un resplandor en los ojos. Pequeños destellos de diversos colores que producían una abstracción tras otra. Fui incapaz de enfocar ese cuerpo.
Todo ocurrió un día de finales de julio en el sur. Después de más de seis horas de viaje salgo del asiento trasero de un modelo de Ford. Nos encontramos cerca del océano y la humedad nos aplasta. Hace un calor excesivo; siento toda la ropa pegada a mi cuerpo. Nos dirigimos a la recepción de un camping en donde planeamos pasar las siguientes semanas. Al entrar, el lugar nos cautiva por su sencillez, las vistas que ofrece y cierto aire decadente. Una arquitectura anclada en los años setenta, con suelos de piedra blanca, paredes encaladas, luminarias de mimbre y frondosas palmeras en lo que parece un invernadero. La decadencia siempre remite al pasado, aunque aquel lugar carecía de toda nostalgia. Nos sentimos muy en presente.
Nuestro ánimo para las semanas que teníamos por delante se resumía en un ejercicio de puro hedonismo. Hacer cada una de esas cosas de las que disfrutamos en los meses estivales y tanto anhelamos a lo largo del invierno. Tras instalarnos, nos decidimos a dar un pequeño paseo y despedir el día desde un alto, entre pinos. El sol va poco a poco desapareciendo ante nosotros; imponente, casi ámbar, como anaranjado. Nuestra mirada directa quedaba cegada entre el cosquilleo óptico y un fundido a negro, para inmediatamente volver a recuperar la visión una vez apartada de aquel resplandor. De un vistazo nuestro ojo parecía multiplicarse como el de un insecto. Las agujas de los pinos mediaban como una fina silueta, entre líneas y puntos oscuros que iban directos a nuestras pupilas. Nos encontrábamos en un estado que oscilaba entre la lisergia y la simple percepción de una ilusión óptica.
Justo antes del crepúsculo, cruza ante nosotros un pájaro que capta nuestra atención y se posa en una rama cercana. Por su tamaño y nuestra ignorancia no sabemos de qué especie se trata. Nada lo delata. Solo nos fijamos en sus plumas, radiantes y tersas, nada despeluchado. Su plumaje cambiante, parece surcado por ondulaciones y brillos que generan reflejos, entre tonos de rojo intenso y un índigo tornasolado. Su costado hiere la vista como el moaré. Ante tal intensidad de un sol que va poco a poco apagándose y los destellos que generan sus plumas, en un momento dado, desaparece. Lo perdemos de vista hasta que sus visos lo delatan y lo volvemos a distinguir justo en la entrada de lo que parece su nido. Su ojo lo oculta. Lentamente ese agujero en el que ha desaparecido el pájaro se nos superpone a una luna que gradualmente va acercándose. Por un momento, da la impresión de que no son dos, sino tres los círculos que se acercan y hacen una intersección. Se mueven de un lado a otro. El movimiento es pausado y en un cierto instante todos se solapan, para a continuación, volver a aparecer en una posición diferente. No llegamos a distinguir si el sol se superpone al ojo del nido o a su vez es la luna la que se superpone al sol. Un círculo sobre otro se define, pero separados se difuminan.
Así, tenemos la sensación de estar jugando con un caleidoscopio; desde una geometría a los sentidos, giro a giro. Un tubo que a cada rotación nos trasladaba una ilusión a nuestro ojo. Cada vuelta comienza a ser más y más rápida hasta que la velocidad es muy intensa. El conducto se convierte primero en un remolino y después en un túnel, al que le sucede inesperadamente el sonido de un zambullido en el agua. Al abrir los ojos nos damos cuenta de que estamos tendidos en la playa y es de día. Nos rodean niños, sombrillas, castillos de arena, tumbonas y un sol abrasador. Los rayos de sol nos ciegan. Hace demasiado calor. Adormilados comenzamos a entender que ahí comienza nuestra rutina para los días por venir. En ese mismo instante fui consciente de que nunca había estado tan al sur.
(Texto de Antonio Menchen)









