Las fiestas de estos meses siempre me ponen nostálgica. En México se conoce como el maratón Guadalupe–Reyes, porque inicia con la celebración de la Virgen de Guadalupe y termina con la llegada de los Reyes Magos. Para muchos otros, la temporada empieza en el Día de Acción de Gracias y culmina con los tamales del Día de la Candelaria. Y si sumamos fechas patrias, el Día de la Madre, el inicio de la primavera o cualquier otro motivo para reunirnos, nos damos cuenta de que pasamos casi tres meses del año rodeados de comida, rituales y abundancia.

El punto es que, cuando celebramos, la comida se vuelve el centro. Y a veces, mucho más que para un simple recalentado. Esta abundancia nos une, nos emociona, nos devuelve a nuestras raíces… pero también puede llevarnos a un consumo excesivo y a un desperdicio que, en pleno 2025, ya no podemos ignorar.

Por eso, el informe más reciente de la Comisión EAT-Lancet se vuelve especialmente relevante en esta época del año. El documento reafirma que lo que ponemos en el plato tiene un impacto directo no solo en nuestra salud, sino también en el equilibrio del planeta1. No hablamos únicamente de nutrición: hablamos de agricultura, de suelos, de agua, de biodiversidad y de emisiones asociadas al sistema alimentario mundial.

Según este análisis, existe un patrón alimentario —la llamada dieta planetaria saludable— que propone priorizar frutas, verduras, cereales integrales, legumbres y frutos secos, con un consumo moderado de productos animales. Si el mundo adoptara este modelo, podrían evitarse hasta 15 millones de muertes prematuras y las emisiones agrícolas podrían reducirse en un 15 %, cifras que la prensa internacional destacó ampliamente2.

Y aunque estos números impresionan, lo que realmente importa es cómo se traducen en la vida cotidiana. Porque el cambio no empieza con grandes acuerdos internacionales, sino en las decisiones aparentemente insignificantes del hogar: lo que compramos, lo que cocinamos, lo que guardamos, lo que aprovechamos y, finalmente, lo que desechamos.

El desperdicio alimentario comienza en casa

Según la FAO, un tercio de los alimentos producidos a nivel mundial termina en la basura3. No es solo un problema económico o logístico: es una falla profunda en nuestra relación con la comida. Cada tomate que tiramos implicó agua, energía, transporte, trabajo humano y tiempo. Tirarlo es desperdiciar todos esos recursos invisibles.

En épocas de celebraciones esto se multiplica. Cocinamos por si falta, compramos de más por temor a que algo no alcance, nos dejamos llevar por promociones, armamos mesas que parecen vitrinas abundantes… y luego, cuando la fiesta termina, lo que queda no siempre encuentra un destino.

Frente a esto, vuelvo a algo básico: la sostenibilidad empieza por hacerlo mejor en la cocina de nuestra propia casa. Aquí van cuatro pasos posibles para reducir el desperdicio, especialmente durante festividades.

Replantear las sobras

Las sobras no son un fracaso, son una oportunidad. Con creatividad, el arroz del día anterior puede convertirse en croquetas, el pan de ayer en tostadas o budines, y las verduras olvidadas en una sopa reconfortante de invierno.

La FAO subraya que los hogares deben aprender a cocinar con conciencia y aprovechar los residuos orgánicos como parte de un ciclo alimentario sostenible, un hábito que reduce el desperdicio y mejora la eficiencia doméstica4.

Además, en muchas culturas latinoamericanas —lo sabemos bien— el recalentado es casi un ritual culinario: deliciosas mezclas que saben incluso mejor al día siguiente. Por ello es esencial que en las escuelas se enseñe cocina como parte de un programa que eduque sobre economía sustentable del hogar.

Ajustar porciones y planificar lo que compramos

Hacer una lista antes de ir al mercado puede reducir el desperdicio hasta en un 30 %, según el Food Waste Index Report del UNEP5. La planificación del menú semanal es una práctica transformadora. No solo ayuda a ahorrar dinero, sino que también evita compras impulsivas, prioriza alimentos de temporada y reduce significativamente lo que termina en el basurero.

Desde hace algunos años preparo un menú que ajusto según las ofertas o la cosecha del momento. El impacto es inmediato: derrocho menos, gasto menos y cocino mejor.

Compostar y devolver a la tierra lo que nos dio

Convertir cáscaras, restos de verduras, posos de café o cáscaras de huevo en compost es una de las formas más naturales de cerrar el ciclo alimentario. Muchas ciudades ya cuentan con centros de compostaje urbano, pero incluso sin eso, basta un pequeño recipiente hermético y un poco de paciencia para empezar.

El compostaje transforma la relación con la basura, porque deja de ser desecho y vuelve a ser tierra fértil, lista para nutrir plantas, huertos urbanos o macetas de balcón. Es un recordatorio físico y poético de que nada está realmente perdido.

Cocinar en comunidad

Compartir comidas o intercambiar preparaciones entre vecinos reduce excesos y fortalece lazos. Estudios en España y Chile muestran que iniciativas de cocina comunitaria disminuyen significativamente los desechos domésticos y crean redes de apoyo que trascienden la mesa6. A veces algo tan simple como dejar en lugares estratégicos un recipiente con comida etiquetada como “comestible” puede marcar una diferencia en personas en situación de calle.

Más allá del plato

Cuidar lo que comemos no es una tendencia eco, es una forma de respeto. Respeto por la tierra que nos sostiene, por las manos que cultivan, por el tiempo que tarda una semilla en convertirse en alimento. Y también respeto por nosotros mismos, por nuestro cuerpo y por nuestras decisiones.

Cuando desperdiciamos comida, desperdiciamos historias: la de quien sembró, la de quien transportó, la de quien cocinó, la del hogar que esperó ese alimento como algo cotidiano y sagrado.

Un plato tirado tiene una huella —de agua, de energía, de trabajo humano— que no desaparece cuando cae en el basurero.

Durante siglos, la mesa ha sido el centro del encuentro humano. Hoy, entre pantallas y apuros, debemos volver a ella, pero con otra conciencia: la de alimentar sin desperdiciar. Cocinar con lo que hay. Servir lo necesario. Valorar lo suficiente. Porque el desperdicio no solo está en lo que tiramos, sino en lo que no valoramos.

Cuando miramos con gratitud un tomate maduro, un pan endurecido o una fruta que pide ser usada, cambiamos nuestra relación con la comida. No desde la culpa, sino desde el cuidado.

Reducir el desperdicio alimentario no es una tarea imposible: es un acto cotidiano, doméstico, íntimo. Es una invitación a reconectar con los ciclos naturales y a entender que la sostenibilidad también se cocina a fuego lento.

Al final, alimentar sin desperdiciar es un acto de amor. Por nosotros, por quienes vendrán y por el planeta que —aunque a veces lo olvidemos— sigue dándonos de comer cada día.

Notas

1 The EAT-Lancet Commission, 2024.
2 The Associated Press, 2025.
3-4 Food and Agriculture Organization, 2023.
5 UNEP, 2024.
6 Sustainability Transitions Journal, 2024.