Kristian David

Kristian David

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Nací en un pequeño pueblo en el sur de Chile llamado Gorbea, en el far west de mi país, como describiría Neruda a nuestra fría región austral. A los pocos meses, mi familia se trasladó a pocos kilómetros de allí, a Temuco, su capital, que desde entonces fue mi casa y ciudad natal. Una ciudad joven, levantada sobre el territorio del pueblo mapuche, marcada por una historia de conquista, resistencia y dominación.

Crecí en un lugar donde la lluvia y el humo de las chimeneas son parte del paisaje, donde el viento marca el ritmo de los días. Mi casa estaba en la última calle de la ciudad; después comenzaba el campo. Esa condición duró muy poco, porque la ciudad crecía rápido, como un niño que no deja nunca de crecer. Aun así, ese crecimiento no logró quitarme el privilegio de dar unos pasos y encontrarme con la naturaleza. Aprendí a leer el cielo, a reconocer la llegada de la lluvia, a moverme entre árboles y senderos. Ese fue mi primer aprendizaje, mucho antes de saber que sería pintor.

Fui niño en un tiempo complejo. Pertenezco a la generación conocida como los hijos de Pinochet, criada entre el silencio, la represión y una tensión social constante. En ese contexto, el arte no era una posibilidad evidente, y llegar a él fue casi una casualidad, una especie de broma del destino.

Comencé mi formación artística en la escuela de arte de Temuco. Allí conocí a jóvenes que miraban el mundo desde otro lugar, lejos del fútbol, la televisión y de las carreras tradicionales. Fue en ese rincón del sur donde descubrí la pintura, trabajando directamente con la expresión y los materiales, en un ambiente bohemio, rebelde y profundamente creativo. Esa experiencia marcó para siempre mi relación con el arte y con la sociedad.

Tras finalizar el ciclo básico, me trasladé a Santiago para continuar la licenciatura en pintura en la Universidad Católica, una de las escuelas de arte más importantes de Chile. Allí entré en contacto directo con el arte oficial y fui alumno de los grandes maestros de la pintura chilena, José Balmes y Gracia Barrios. De ellos heredé mi forma de escribir y entender la pintura, y su vínculo con la realidad social.

Mi traslado a Santiago fue mi primera experiencia de migración, algo que posteriormente se transformaría en una constante en mi vida. Muy importante fue el apoyo que recibí de la Fundación Juan Pablo II, que me otorgó una beca por excelencia académica, permitiéndome realizar mis estudios y contar con una segunda familia en aquel mundo extraño que representaba para mí una ciudad con millones de habitantes.

Al finalizar mis estudios obtuve el primer premio en la Bienal Internacional de Arte de la universidad, lo que me permitió viajar a París invitado por la Sorbona. Fue mi primer contacto directo con los grandes museos europeos y con la dimensión universal del arte. El mundo se abrió ante mí.

Decidí entonces continuar mi formación en Europa. Me instalé en Italia en el año 2000 y estudié escenografía en la Accademia di Belle Arti de Bolonia, especializándome en pintura de gran formato para ópera. Allí comprendí la pintura desde otra escala, desde la tradición y el método, desde el oficio del pintor como un maestro alquimista de materiales y formas de construcción de la imagen: el espacio, el cuerpo, la luz y el movimiento como parte de una misma experiencia. Aprendí el valor del trabajo colectivo y del rigor técnico.

Desde entonces he trabajado como pintor escenógrafo en producciones de ópera, teatro y danza contemporánea en distintos países de Europa, en paralelo a mi pintura, colaborando con proyectos e instituciones como el Ballet National de Marseille, el colectivo (la) Horde, el Théâtre National de Chaillot, el Teatro Nacional de Génova, el Gran Teatro de Ginebra o el Palais des Festivals de Cannes, por nombrar algunos de los más significativos. Esta experiencia fortalece constantemente mi disciplina y mi comprensión del oficio, permitiéndome desarrollar mi investigación personal en pintura con plena libertad creativa.

Es en este punto donde mi trabajo comienza a tomar una forma más consciente como investigación. A esa manera de observar, caminar, registrar y transformar la experiencia directa en pintura la denomino INM — Investigación Natural en Movimiento. No como un sistema teórico cerrado, sino como una práctica viva, nacida del desplazamiento, del contacto con los territorios y de lo cotidiano, alimentando la obra desde la propia experiencia de vida.

En Italia permanecí ocho años, tras lo cual volví a Chile por un breve tiempo para estar cerca de mi familia, regresando luego a Europa, esta vez a Francia, para continuar mi camino creativo, conociendo nuevas culturas e inspirándome en el cielo de la Provenza y en la multiculturalidad de Marsella.

Estoy profundamente marcado por pertenecer a una generación de artistas que construyó su propio universo antes de la irrupción de Internet. Esta posición singular, situada en la confluencia de dos épocas, me coloca entre un pasado en el que la creatividad estaba enraizada en la experiencia directa y un presente —y futuro— modelado por tecnologías omnipresentes.

Como espectador y creador dentro de este marco temporal, percibo una oportunidad fundamental. Esta condición me permite reflexionar con distancia y profundidad sobre la evolución del arte y la condición humana, buscando un equilibrio entre la herencia del pasado y las perspectivas que abre el porvenir.

En este contexto se inscribe mi serie Los hijos del laberinto (2022–), que explora un proceso de creación intuitiva orientado a adentrarse lo más posible en el inconsciente, lejos de la jungla mediática y tecnológica que se ha transformado en un nuevo dios. A través del acto creativo, me propongo restablecer una conexión esencial con lo humano, evocando una dimensión primordial que antecede a la saturación de imágenes y estímulos actuales.

Creo que la pintura es una herramienta necesaria para comprender el mundo. La imaginación es un acto de presencia, una forma de resistencia. Volver a lo esencial —al gesto, al cuerpo, a la naturaleza— es hoy, más que nunca, un acto contemporáneo y radical de vanguardia.

Después de mi experiencia francesa, de más de una década, como ave migratoria en constante movimiento y curiosidad, mis alas me trajeron a España, a las tierras de Miguel Hernández, Sorolla, Goya y Picasso, y también de mi maestro José Balmes, chileno de adopción pero catalán de nacimiento. De algún modo, siento que su legado informalista vuelve a su tierra natal, cerrando y abriendo a la vez un ciclo.

Aquí he instalado mi taller, lo más cerca posible de la vida de pueblo, de los naranjos y los tomates, para volver a recorrer los campos a pie, detrás de mi casa, después de un largo viaje. Desde allí continúo, en el silencio de mis reflexiones, mis grandes cuadros y series: historias de personajes, de máquinas y de fantasmas con máscaras que se cruzan entre el pasado, el presente y el futuro.

Como escribió Antonin Artaud: “O retrotraemos todas las artes a una actitud y una necesidad centrales, o debemos dejar de pintar, de gritar, de escribir o de hacer cualquier otra cosa.”

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