Desde siempre el movimiento y el cambio estuvieron presentes en mi vida. Nací en Bogotá y a los pocos meses mi familia se mudó a Neiva, una ciudad al sureste del país. Algunas mudanzas después, nos encontramos por fin en nuestra casa propia, con una vida de clase media típica colombiana. Pero en 2008, a mis 15 años, dejamos el país y llegamos a Logroño, al norte de España, en aras de empezar una nueva y mejor etapa.
Adoptamos un gato, terminé el bachillerato de humanidades, me cambió el acento, empecé mi grado en Filología Hispánica y me fui un año a Pisa, Italia, a continuar mis estudios mediante el programa Erasmus. Una experiencia que, tanto a mí como a muchos otros, me abrió el apetito por completo, para seguir viajando y descubriendo lo que tuviera al alcance. De vuelta en España, me mudé al sur (a Granada), para terminar la carrera y posteriormente estudiar un máster en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera.
Poco antes de finalizar el máster, tuve la oportunidad de viajar a Kara, Togo, para enseñar español en la universidad y en una fundación, una de las decisiones más aleatorias y gratificantes que he tomado. Era un viaje que en teoría duraría un año, pero que terminó siendo de dos, porque me encontré con un país, una cultura y unas personas que me fascinaron y me arroparon como a un togolés más. Y, aunque la vida y la labor como docente fueron auténticos desafíos, las sonrisas, las ganas de aprender y la gratitud con las que me encontré, sobrepasaron cualquier tipo de expectativa posible.
En el 2020 terminé el programa de lectorado en Togo y volé directamente desde Lomé hasta Berlín, básicamente obligado por el COVID y el azar, y sin una idea muy clara de lo que me encontraría aquí. Cinco años, un par de domicilios y varios tipos de trabajo después, he echado raíces y esta ciudad se ha convertido en mi hogar, a pesar de la relación amor-odio de la que prácticamente todos los que vivimos aquí nos quejamos, extranjeros y no extranjeros.
Y es que todas estas experiencias vitales, aunque no siempre fáciles, han moldeado un abanico de intereses y gustos muy amplio y supongo que han exacerbado esa curiosidad innata, a veces incluso insaciable, en mí. Desde la poesía lorquiana hasta el twerking, pasando por la fotografía, el humor, el feminismo, los idiomas, la teoría del apego, el cuidado de la piel, la psicolingüística o el fufú, por nombrar algunos. Siento que estoy en un continuo aprendizaje, que soy el producto de absolutamente todo y todos con los que he estado en contacto, que soy materia voluble y me alegro de no haber perdido ese ojo de turista al que todo le interesa y todo le parece novedoso.
Creo que siempre disfruté escribiendo: en el colegio, en la universidad, en los mensajes de cumpleaños a mis amigos o en mis publicaciones en redes sociales y, aunque gente cercana me decía que “se me daba bien” o que “por qué no escribía más”, nunca lo tomé en serio. Ya sea por el síndrome del impostor, por pereza, perfeccionismo, falta de tiempo o una combinación de todo lo anterior, algo siempre me detuvo. Sin embargo, siempre he sentido esa punzada urgente dentro, que tenía una deuda pendiente, deuda que espero poder pagar pronto, porque la escritura es una constatación de nuestra libertad, es terapéutica, un ejercicio mental increíble y porque ahora me es posible y ya necesaria.
Así es que, con la oportunidad que nos ofrece Meer, espero poder explorar todo un mundo nuevo, abrir una puerta que espero que jamás se cierre, una vía de acceso a otras mentes, a otras maneras de expresarnos y a otros conocimientos, tal vez empezando por descubrir algo sobre mí mismo.
