Empieza otro año en el calendario gregoriano y nuevamente nos planteamos ideas, proyectos y todo tipo de iniciativas para darle un toque de cambio al 2023. Siguiendo la concepción lineal de medir el tiempo con un reloj cuyas agujas corren imparables, tratamos de hacer planes para organizar la vida en la secuencia de los próximos 365 días, con promesas e ilusiones que esperamos cumplir trazando metas, muchas de las cuales se diluyen con el paso de las semanas y los meses. Así vamos tratando de avanzar hacia un futuro que resulta incierto, mientras en el ahora vamos acumulando deberes, como deudas culposas que cada día son más difíciles de cumplir, precisamente por el paso del tiempo.

El espacio tiempo es una visión o cosmovisión más amplia del concepto del reloj lineal, que deja atrás el pasado y nos enfila en una carrera hacia el futuro que se come el presente que vivimos como un conejo tras la zanahoria, corriendo sin apenas darnos cuenta del ahora que se desdibuja mientras buscamos cumplir con los objetivos trazados a la salida, en este caso, el inicio de un nuevo año. Así nos enfilamos en otro ciclo que pasa casi inconscientemente, con propósitos que se van olvidando o pierden fuerza como si la energía se agotara, igual que el tiempo.

El espacio tiempo nos da otra perspectiva de la vida y de nosotros en ella. El espacio nos invita a «sentipensar» en el lugar que habitamos, desde el territorio de nuestro cuerpo hasta el entorno que nos rodea, llámese hogar, comunidad, ciudad, mundo o planeta. Por su parte, el tiempo evoca los ciclos, que van y vienen, como las olas del mar que acarician la arena, mientras observamos el horizonte sin percibir el conjunto de factores que hacen posible el baile del agua con el viento, a la luz de la luna, el sol, las estrellas y el todo que constituye la existencia.

De la misma manera podemos observar nuestra vida como ciclos que van y vienen, que fluctúan dejando huellas en el cuerpo, el corazón, la mente, la energía que somos y en la forma en que vivimos. Por supuesto, también quedan señales en las relaciones, en los gustos, deseos y también en los propósitos existenciales, en tanto vamos aprendiendo de las experiencias.

Por eso, si sólo comprendemos la vida desde el tiempo lineal, es como si tratáramos de tomar el agua en nuestras manos: ¡se va gota a gota, sin que podamos retenerla y apenas observamos cómo se aleja! Igual que las semanas y los meses de un calendario cuyos días pasan como las hojas de los árboles que caen en otoño y se las lleva el viento.

Ver el espacio tiempo como ciclos nos da una visión más amplia de la vida, a la vez que nos conecta con las memorias y saberes ancestrales de diversas culturas que viven conscientemente la existencia de periodos que se reflejan en el ser humano y el cuerpo como territorio de aprendizaje y evolución, igual que la naturaleza con sus movimientos cíclicos. De la misma manera la antroposofía (Rudolf Steiner), y algunas otras vertientes del conocimiento, consideran los ciclos como parte esencial de la transformación del ser humano durante su vida, no solo como un proceso de crecimiento y envejecimiento del cuerpo físico, sino como un tejido de espacio tiempo que se refleja en la consciencia o en el mundo invisible que por fin las ciencias cuánticas permiten validar como energía que fluye (o se atasca) en el campo de nuestra existencia.

Son tantas las fuentes de saberes que consideran el espacio tiempo como parte esencial de la celebración de la vida, que podemos irnos hasta oriente con los ciclos y elementos reflejados en el conocimiento del cuerpo humano. También los pueblos originarios o indígenas celebran los cambios del cuerpo expresados en rituales para dar la bienvenida a la vida, la planetaria y la humana, desde el surgimiento de la semilla hasta el nacimiento de la criatura con una niñez de aprendizaje mediante el juego y la experiencia, o el paso festivo de la adolescente, la juventud, adultez hasta llegar a la vejez como la máxima sabiduría que da el espacio tiempo. Por ello, los mayores y las mayoras conforman los consejos de gobierno, pues tienen en su ser la experiencia y el conocimiento para tomar decisiones pensando en la herencia que dejan, más que en lo que se llevan para sí mismos.

Así como las trece lunas llenas marcan ciclos de 28 días, o las estaciones que se cuentan cada tres meses manifestados en la evidencia de los cambios en la naturaleza, o en el trópico llegan los seis meses de lluvia y los seis de sequía, hay un ciclo que es clave para distintas culturas y perspectivas: los septenios o cuentas de cada siete años que muestran los cambios del ser humano. Empiezan a partir de los 0 a 7 años cuando se está en pleno aprendizaje, la mente es como una pluma en sus pensamientos y una esponja en la absorción de las señales del entorno, dispuesta a jugar, imaginar y divertirse como propósito existencial. Entonces vemos amigos invisibles, creemos en las hadas, tememos a los ogros, jugamos incansables hasta que llegan los siete años y empieza un ciclo de nuevos aprendizajes y desarrollo de otras capacidades. Dicen que a esa edad se deja de ser ángel, porque es cuando la esencia o el alma (según las creencias) se arraiga en la tierra.

Entonces siguen los siete años hasta la adolescencia (7 a 14), luego la juventud (14 a 21) y así se van sucediendo ciclos que reflejan el proceso de la vida, como un todo que va más allá de las hojas de cada calendario o las fechas que en la agenda empezamos a rellenar en enero o el mes uno -según la cultura porque los años empiezan en otros meses, como el calendario chino-, con una secuencia de promesas o propósitos que poco a poco se van diluyendo, como las gotas de agua que se evaporan en el mar.

Así pasa el tiempo lineal, días, semanas, meses, años, décadas, en un avance hacia un futuro incierto, dejando el pasado atrás sin tener la posibilidad de disfrutar del ahora y sin consciencia de los cambios esenciales que estamos viviendo, tanto a nivel personal como colectivo. Bien podríamos extender la reflexión de la existencia de ciclos personales hasta los planetarios, como lo hacen los calendarios antiguos o las cuentas del tiempo que miden el paso de la vida en distintos ciclos que van desde los nueve meses de gestación de la vida humana, hasta los milenios que se suceden al ritmo de la danza cósmica de la luna, el sol, la galaxia, el sol galáctico y el multiverso, marcando movimientos cíclicos como ruedas del espacio tiempo.

Esa perspectiva de ver el espacio tiempo es, desde mi punto de vista, más natural y calmada, pues nos saca de la rueda de las promesas incumplidas, de los propósitos impuestos por el sonido de una campana que nos marca el cierre de un año lineal y el inicio de otro.

Hoy podemos soltar la cadena, o la condena del tiempo lineal, para saltar a la del espacio tiempo del aquí y ahora, que fluye como una espiral que nos permite comprender los ciclos de la vida y los procesos que vivimos en distintas etapas de la existencia. Por ejemplo, los ciclos vitales que marcan etapas que muchas veces transcienden los 365 días de un calendario, como las fases de aprendizaje o de expansión personal. Este enfoque circular o cíclico nos permite comprendernos de una forma amplia, como un conjunto de sucesos (físicos, emocionales, familiares, laborales, sociales, naturales) que tejen la trama de la vida personal y colectiva en medio de redes imperceptibles que definen nuestro ser y quehacer.

En el espacio tiempo el cuerpo crece y cambia, igual que el alma y el inconsciente, con la posibilidad de aceptar los cambios como parte de los ciclos, abrazando las arrugas del calendario como ganancia en sabiduría o convirtiendo lo que llamamos fracaso en aprendizajes, aceptando las huellas de la vida como un regalo más que un problema. ¡Desde esta perspectiva el envejecimiento es una bendición! Las arrugas y las canas se transmutan en un regalo que honramos sin querer evitar, cuando soltamos la carga del fracaso para convertirla en aprendizaje, sabiduría y experiencia vital.

¡Es tan distinta esta visión! Resulta liberador cuando comprendes que todos son ciclos, con sus aprendizajes y procesos, como la adolescencia es una etapa de cambio o la juventud que se atraviesa creyéndola inagotable hasta llegar a la adultez, madurez y vejez. Todos son ciclos, a veces poco valorados, como si el paso del tiempo en el cuerpo como espacio o territorio, fuera un castigo, una carga o un problema a resolver estirando las huellas, tapando las señales como si se pudiera evitar lo inevitable del final de los ciclos. Como el fin de la vida misma.

Empezamos un ciclo, otro espacio tiempo que podemos disfrutar gota a gota, con todos sus sabores, los dulces y los amargos, que hacen parte de la sustancia que nos nutre. Y como estamos en tiempo de replantearnos propósitos, quizás podamos aceptarnos en toda la dimensión de la humanidad que somos, soltando las metas para simplemente caminar cada instante como una eternidad consciente que vivimos, aquí y ahora. Aceptándonos tal y como somos: seres aprendiendo a ser humanos.