¿Estaría indicando una vocación al arte? La rosa es una flor, sí pero no una flor cualquiera, es sinónimo de amor y belleza. De ternura cuando se marchita. Aún con espinas perfuman el universo. ¡Y la luna! ¿No ha sido tema de mil poemas que intentan expresar el sentido de los enamorados? ¿Es que existe algo más lindo que el candombe? ¿Que el carnaval? ¿Que nuestro país?
(Rosa Luna)
Mônica Ventura se aproxima a esta exposición en la Fundación Cervieri Monsuárez como quien se detiene en una intersección de caminos. En ese cruce convergen distintas dimensiones de su práctica, y posiblemente de su persona: la historia de las diásporas africanas, los materiales de construcción vernáculos, los espacios rituales y espirituales y el rol de la mujer negra en la sociedad. Es al llegar a ese territorio llamado Uruguay, situada en un lugar pero proveniente de otro, con otra historia, que Ventura se pregunta: ¿existe una comunidad afrouruguaya? Ante una respuesta afirmativa e inmediata, comienza el proceso de Rosa Luna.
El verdadero primer paso lo da al investigar la historia: el carnaval, la construcción y posterior demolición del conventillo Mediomundo, los desplazamientos y desarraigos reiterados de las comunidades afro, su protagonismo en el imaginario cultural local, contrastado con un borramiento social estremecedor. A partir de allí, Ventura comienza a buscar a las ancestras, a las lideresas negras que han sido referentes dentro y fuera de la comunidad afrouruguaya.
En ese recorrido surge la figura de Rosa Luna, candombera nacida en Mediomundo en 1937. El cuerpo instalativo al que Ventura llama cuerpo-arquitectura rinde homenaje a esta mujer emblemática del carnaval, figura fundamental en la representación y transmisión de las tradiciones musicales y de danza de ascendencia africana. Existe un denominador común entre las prácticas de Rosa Luna y las de Ventura: a la hora de encontrar las raíces, hace falta imaginación para crear nuevos rituales.
En los últimos años, Ventura ha construido grandes instalaciones en instituciones como el Instituto Inhotim (Belo Horizonte) y la Pinacoteca de São Paulo que funcionan como espacios rituales, basados en formas de construcción vernáculas —entre ellas, el apilamiento de barro—, donde los visitantes se enfrentan a encuentros monumentales de dimensión espiritual. Es el tipo de construcción y experiencia al que se referían, en estas mismas latitudes, creadores como Joaquín Torres García y Eladio Dieste al hablar de valores universales capaces de inyectar espiritualidad en la materia: construir sin olvidar la naturaleza, encontrando en ese equilibrio la única forma legítima de permanencia.
Es a partir de una visita a la Iglesia de Cristo Obrero en Atlántida —obra mayor del ingeniero Dieste— que el ladrillo ingresa a la instalación como materia de construcción vernácula en Uruguay. En palabras del propio Dieste: “Lo que hagamos debe tener algo que podríamos llamar economía cósmica, estar de acuerdo con el orden profundo del mundo, y sólo entonces podrá tener esa autoridad que tanto nos sorprende frente a las grandes obras del pasado”1. Desde esa ‘economía cósmica’, y en encuentro con la figura de Rosa Luna, se construye este templo concebido como homenaje al rol de las mujeres afro en la sociedad uruguaya.
Cada uno de los pilares que conforman la instalación representa a una mujer que sostiene. Esta idea retoma el grabado Pilar, realizado por Ventura en 2022, donde la figura del pilar aparece ya como metáfora de sostén y cuerpo. Sobre sus capiteles —sobre sus cabezas— descansan calabazas imaginarias. La calabaza, también conocida como cuia, igbá o porongo, recorre la exposición como eje formal y simbólico. Presente en diversas cosmologías afroindígenas como forma matricial, aparece en las obras como vientre, recipiente y semilla.
Las esculturas incorporan calabazas de cerámica y metal, materiales que portan un valor simbólico intrínseco a los temas de la obra. A lo largo de la historia, la calabaza ha acumulado usos y sentidos múltiples: sirve para la alimentación, pero también participa en rituales de las religiones de origen africano en América. En esas prácticas ceremoniales y devocionales funciona como repositorio medicinal, símbolo de fertilidad y representación de misterios vitales. Conocida como “la olla de la vida”, se cree que contiene los secretos de la sanación, la vida y la muerte. En ciertas tradiciones espirituales, cada persona posee su propia calabaza, símbolo de individualidad y, a la vez, guía espiritual.
Esta calabaza es también un “contenedor”, en el sentido que le da la escritora Ursula K. Le Guin2: una herramienta para reunir relatos y traer la energía de vuelta al hogar. Las historias que, según Le Guin, necesitan ser contadas y celebradas son aquellas que ponen en primer plano el intercambio de energía a través de actos cotidianos de cuidado. Esperamos que las encuentren aquí.
En el centro desplazado de la sala, Ventura construye un espacio que invita a contemplar desde abajo la grandeza de estas mujeres-pilares que nos sostienen: sentir esa monumentalidad universal, esa energía traída al hogar. La contemplación genera una actitud inmediata de gratitud y sublimación y convoca, a su vez, la definición del amor propuesta por la crítica cultural bell hooks3: extender nuestro ser con el propósito de nutrir el crecimiento espiritual propio o el de otra persona.
Hacia el final del espacio ritual se eleva un pilar torneado, figura singular que funciona como retrato de Rosa Luna. Se alza sobre nosotros, con todo su brillo, y despliega un poder estético que celebra su legado para las generaciones futuras.
En la sala 2 de la Fundación, la exposición se completa con la pieza de videoperformance Aguas que susurran (2026) realizada por Mônica Ventura en colaboración con Hermosa Intervención —colectiva de mujeres y disidencias afro e indígenas—, con la participación de la activista y cantora Chabela Ramírez. La obra funciona también como puente: un acto de contacto entre la artista que llega desde Brasil y la comunidad afro local. En ella se celebran el canto y la danza, y se invocan nuevos rituales que unen a las artistas con sus ancestras y con historias borradas.
La exposición Rosa Luna dialoga, en su totalidad, con el pensamiento de la filósofa brasileña Denise Ferreira da Silva y, en particular, con su propuesta de pensar la diferencia sin separabilidad. A partir de nociones de la física cuántica como la no-localidad y el entrelazamiento, Ferreira da Silva cuestiona la idea de existencias autónomas y propone imaginar el mundo como una trama de relaciones profundas e inseparables. Es desde esa perspectiva que Rosa Luna nos invita a habitar el mundo: reconociendo que cada cuerpo, cada historia, cada materia y cada memoria forman parte de una trama común, donde sostener y ser sostenido son, en definitiva, un mismo gesto.
(Texto por Roxana Fabius)
Notas
1 Dieste, Eladio. “Arquitectura y construcción”,
Eladio Dieste 1943-1996. Métodos de cálculo -
Calculation methods, 2001, Consejería de Obras
Públicas y Transportes / Dirección General de
Arquitectura y Vivienda / Junta de Andalucía, p. 232.
2 Le Guin, Ursula K. The carrier bag theory of fiction,
1986.
3 Hooks, bell. 2025. All about love: the deluxe
collector’s edition: new visions. New York: William
Morrow. p. 4.








